Yemen: la cara oculta de la Tierra

“Un muerto es una tragedia, un millón de muertos es una estadística”. Es una célebre cita atribuida a Stalin, aunque, como tantas otras atribuidas al dictador soviético, nadie ha podido establecer exactamente dónde, cuándo y a cuento de qué lo dijo. Al parecer, no lo dijo nunca. En cualquier caso, parece que la frase se está cumpliendo punto por punto en nuestros periódicos, donde la muerte que planea sobre millones de personas anónimas en Yemen no ocupa ni un trocito de los titulares dedicados a la muerte con nombres y apellidos, víctimas certificadas con denominación de origen y los papeles en regla. Lo de Yemen, en cambio, son demasiados muertos como para joder las vacaciones; los titulares no pueden desperdiciarse con cifras tan grandes; los locutores de los telediarios se pierden cuando hablan de países tan lejanos; no saben manejarse entre tantas ristras de ceros, a menos que los ceros vengan en el fichaje multimillonario de un futbolista.

Stephen O’Brien, subsecretario general de Asuntos Humanitarios de la ONU, pidió la semana pasada a todos los combatientes que abrieran todos los puertos marítimos, terrestres y aéreos del país ante la amenaza de una hambruna que se cierne sobre 25 millones de personas. Ya hay más de dos millones doscientos mil niños en proceso de desnutrición severa y cerca de 17 millones en situación de inseguridad alimentaria. Más de un millón de mujeres lactantes o embarazadas severamente desnutridas, familias de doce miembros subsistiendo con menos de 30 dólares mensuales. Al fantasma del hambre se suman la guerra encarnizada, que ha sumido el país en el caos desde hace dos años, y la epidemia de cólera, que desde abril ha infectado a más de medio millón de personas. En medio de los combates, no hay manera de garantizar el acceso de los médicos enviados por diversas organizaciones internacionales a las áreas conflictivas.

Las cifras son pavorosas pero són sólo eso, cifras, estadísticas, abstracciones. Hacen falta reporteros con coraje que pongan alma a los números y nombre a los muertos, una imagen como aquella fotografía del buitre que, en una aldea sudanesa, interpretó a la muerte que aguardaba pacientemente a una niña famélica. Luego se supo que casi todo en aquella fotografía de 1994 era falso, que la hambruna había tenido lugar tres o cuatro años atrás, que el buitre estaba mucho más lejos de lo que parecía y que la niña, en realidad, era un niño con diarrea y llevaba una pulsera de plástico que lo identificaba como un paciente atendido por la ONU. Se llamaba Kong Nyong y murió mucho tiempo después de unas fiebres, no a causa del hambre. El fotógrafo, Kevin Carter, ganó el premio Pulitzer y unas semanas después se suicidó: en su decisión de quitarse la vida probablemente influyeron tanto su carácter depresivo, sus diversas adicciones y sus desgracias personales como el vendaval de críticas que lo acusaban de haberse aprovechado de la desgracia de esa pobre criatura. No obstante, lo único real en esa foto es el hambre, la alegoría que Carter acertó a plasmar en la conciencia de miles de personas y que ayudó a visualizar las catástrofes humanitarias en el continente africano.

En Yemen mucha gente ha muerto ya y mucha más gente va a morir sólo por nuestra desidia, porque no hemos puesto aún cara a esa guerra atroz, porque no sabemos nada de la cara oculta de la Tierra.