Tres naciones por lo menos

El intento de golpe de estado del coronel Tejero, aquel lunes en que lo dejaron solo ante el peligro, inauguró la vistosa costumbre de denominar a las fechas históricas por el número y la inicial del mes. Así el 23-F dejó paso al 20-N con carácter retroactivo y luego, más tarde, llegaron el 11-S, el 11-M, el 15-M y otras efemérides más o menos ominosas. Ahora la costumbre se nos ha ido de las manos y bautizamos a las fechas históricas antes de que se produzcan, una consecuencia inevitable de ese ansia irrefrenable por informar cuanto antes que nos lleva a los periodistas a meter la pata a tiempo real, a bote pronto, y también a ejercer de adivinos.

El 1-O, que marca la fecha de la consulta soberanista en Cataluña, es otra muestra de la enorme destreza de los independentistas para arrimar el ascua a su sardina. Si Mariano es un maestro manejando los tiempos (básicamente porque mira un reloj parado), Puigdemont es un hacha con la terminología. En principio, en el 1-O está implícita una referencia a cierto octubre de un siglo atrás, con el inmenso eco del centenario de la Revolución Soviética al fondo, pero la verdadera astucia es haber fijado el referéndum el primer día del mes, con lo que da la impresión subliminal de que el partido ya está ganado uno a cero. La idea es que Cataluña va a salir independiente de la consulta, porque juega en casa, aunque el tiro puede salir por la culata, ya que, de momento, Cataluña sigue siendo España.

Una vez formadas las alineaciones y dispuestas en el graderío las respectivas hinchadas, falta todavía por ver qué formaciones políticas abogan por el derecho de los catalanes a decidir si quieren seguir formando parte de un proyecto político común o si prefieren seguir su propio camino. Al respecto, Pablo Iglesias, partidario de un reférendum pactado y legal, ha declarado que, aunque no comparte la hoja de ruta de los independentistas, sí que ve en la votación del 1-O una manifestación ciudadana legítima en democracia. Por el contrario, Albert Rivera ve en el próximo referéndum “un golpe a la democracia” y una rotunda ilegalidad que debe tener respuesta según el estado de derecho.

El más tibio, como siempre, ha sido Pedro Sánchez, que ha hablado de la necesidad de un diálogo cuando Puigdemont y Mariano llevan meses dialogando cada uno consigo mismo. No han llegado a ningún sitio, que es precisamente de lo que se trata. En esa indefinición asistimos una vez más al clásico problema de reducir una crisis política a un problema de semántica. ¿Qué es una nación? Sánchez lo definió con su imprecisión característica en Barcelona el pasado julio y volvió a machacar la cuestión este lunes tras la reunión de la Ejecutiva socialista: España es una nación de naciones y hay al menos tres territorios que han manifestado su vocación de ser nación. Lo mejor del galimatías sanchiano es la locución adverbial “al menos”, que deja la puerta abierta para que Extremadura, Murcia y Tordesillas se sumen a la fiesta en cualquier momento. De inmediato recordé un chiste del que no puedo reproducir más que el comienzo porque el final es demasiado cochino y políticamente incorrecto para los tiempos que corren: “Capitán, capitán, en este barco hay tres maricones por lo menos”. ¿Lo conocen? ¿No? Pues el chiste del 1-O va a acabar parecido.