La Unión Europea en viñetas

La Unión Europea se acuerda de que acaban de cumplirse 60 años del Tratado de Roma y para celebrarlo ha censurado una exposición humorística. De las 28 viñetas presentadas, 12 no han pasado la prueba del algodón, quizá porque a los comisarios europeos no les gusta que les señalen lo que han hecho con los refugiados, con la crisis griega, con los desfavorecidos del euro, con los que tiran del carro de los ricos y con los derechos humanos en general. Un pobre hombre ahogándose en el mar y una mano hecha de alambradas que acude en su ayuda. Un brazo podrido que se alza desde la tumba del Tercer Reich haciendo el saludo nazi con una esvástica agusanada. Una clepsidra donde la bandera azul con estrellitas amarillas va goteando para desembocar, en el recipiente de abajo, en otra esvástica.

Las comparaciones con los nazis ha escocido mucho, quizá por el parecido nada casual, porque los nazis fueron los penúltimos que intentaron forjar una Europa unida y a puerta cerrada con resultados de sobra conocidos. También lo habían intentado antes ciertos emperadores romanos, Carlomagno y algunos Austrias a base de lanzazos, tratados, braguetazos y masacres. Bien mirada, la historia de Europa es una malsana sucesión de guerras con breves intervalos de paz entre una y otra -más que nada para tomar aliento y lanzarse a la siguiente. A los capataces actuales no les gusta nada que les recuerden estas cosas, aunque sea de broma.

La UE -es necesario repetirlo bien alto- es una señorona de mierda con demasiadas ínfulas. Para empezar, el hecho de denominarse a sí misma Unión Europea demuestra lo desunida que está. Pero hay que entenderlo, tampoco estaría bien que se la hubiera bautizado como IV Reich, Neoliberal Paradise o Merkelandia. Sabe de sobra que, a pesar de que fue el centro del mundo durante un par de milenios, más o menos, ya pinta muy poco en él. Ahora las principales corrientes del dinero y del poder pasan a través de Asia, mientras Europa se ha ido convirtiendo en un museo de antigüedades, un parque temático que incluye el Vaticano, el Prado, el Louvre, la National Gallery, pero también Auschwitz, el Valle de los Caídos y Srebrenica.

Para hacerse una idea de la catadura moral de los mercachifles del cotarro, baste recordar las declaraciones del presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, al comienzo de la gran crisis de 2008. Trichet advirtió que el batacazo económico que se avecinaba era la amenaza más grave que pesaba sobre Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Lo dijo sin cortarse un pelo, al cabo de un verano bélico que había dejado en Georgia alfombrada con cientos de víctimas y miles de desplazados, por no mencionar las guerras de Chechenia ni los conflictos en los Balcanes, donde murieron más de trescientos mil personas, millones de familias se quedaron sin hogar y docenas de miles de mujeres fueron violadas.

Cuando forjaron la UE, básicamente lo que interesaba era el negocio y punto. Por eso esta exposición de lujo que preparaban para darse pisto les ha sentado como un tiro. Algo parecido le ocurrió al Papa Inocencio X cuando le encargó un retrato a Velázquez en el verano de 1650. El genio sevillano, sin salirse una coma del encargo, plasmó a un hijo de la gran puta de tal calibre que a Inocencio, al verlo, se le cayó el sobrenombre al suelo. “Troppo vero” dijo. Demasiado veraz. Y prefigurando a Dorian Gray, lo escondió a la vista del público. Sólo por contemplarlo merece la pena un viaje a Roma; vayan al Palazzo Doria-Pamphili, donde está agazapado en una sala para él solo, mirándote desde la eternidad con sus despiadados ojos de banquero.