El referéndum marca ACME

La escalada de despropósitos en el proceso independentista catalán ha alcanzado un clímax difícilmente superable con el envío por parte del gobierno de un trasatlántico cargado de efectivos de la policía y decorado con dibujos animados de Looney Tunes. La ocurrencia, claro está, ha despertado la mofa y la befa en las redes sociales, aunque probablemente esa reacción inguinal ya estaba prevista. Lo verdaderamente complicado es dilucidar a estas alturas si el gobierno se está tomando el procés a cachondeo o si se lo está tomando en serio.

Ambas hipótesis tienen detractores y partidarios, aunque los politólogos todavía están examinando a fondo ambos lados de la cuestión. Por un lado -ignoramos si por babor o si por estribor- andan el Gato Silvestre, Piolín y el Diablo de Tasmania. Por el otro lado -puede ser estribor o puede ser babor- están el Coyote, Piolín y el Pato Lucas. En el caso de que el ministerio del Interior esté lanzando un mensaje cifrado a los independentistas, parece obvio que el Gato Silvestre y el Diablo de Tasmania simbolizan a los constitucionalistas. Con su peculiar gangoseo y su querencia doméstica, Silvestre encarna, en primer lugar, la facilidad de palabra y la capacidad de diálogo del ejecutivo, y, en segundo lugar, el amor por el orden establecido y la incuestionable afirmación sobre la unidad de España. A su vez, el Diablo de Tasmania representa la amenaza de la fuerza bruta, que actúa como un torbellino, a dentelladas.

Evidentemente, si esta lectura es correcta, los independentistas estarían personificados por el Coyote y el Pato Lucas, personajes que se definen por el fracaso absoluto en todas sus variantes. Ambos suelen terminar mal, ya sea con el pico desplazado por una hostia, ya con el morro abrasado por un petardo intempestivo. Pero, aparte de eso, el Coyote posee el distintivo de la terquedad, la insistencia en el error y la persecución infructuosa de quimeras patrióticas a través de carreteras infinitas. En medio de ambas trilogías animales, como punto de unión entre España y Cataluña, aparece el canario Piolín, con el color amarillo de la ictericia, de la hepatitis y de la mala suerte, nexo común entre las dos enseñas nacionales y una de las pocas oportunidades de entenderse, siempre y cuando el entendimiento tenga lugar en una jaula. En efecto, parece que el mensaje va muy en serio.

Por si fuera poco, gracias a este fascinante despliegue aeronaval se ha abierto la veda de interpretación para otros símbolos misteriosos que no han dejado de atosigarnos en las últimas décadas. Así, cabe la posibilidad de que el aguilucho que ondea en la bandera franquista sea en realidad el Gallo Claudio, aunque algunos especialistas sostienen que no, que el Gallo Claudio en realidad es la gaviota que sobrevuela las siglas del PP. Habrá que ver si el referéndum planteado para el primero de octubre es un referéndum de ésos que explotan antes de tiempo o bien si la Constitución es una Constitución marca ACME, totalmente garantizada. Ambas opciones no son excluyentes.