Carta de amor a Catalunya

Supongo que esto ya no tiene remedio, que escribo demasiado tarde, pero nunca me perdonaría haber callado en estos momentos. No voy a ocultarte que preferiría que siguieramos juntos, que creo sinceramente que te estás equivocando, que compartimos muchas más cosas de las que te imaginas, incluida la repulsa hacia ese españolismo rancio, corrupto y de brazo derecho que nos ha gobernado durante tantos años. Barrunto, por no decir otra cosa, que buena parte de los líderes que comandan ahora el independentismo, habiendo recogido la bandera del suelo con el mismo oportunismo que Charlot en Tiempos modernos (aunque no con la misma inocencia, desde luego), son sopechosamente similares a aquellos de los que pretendes independizarte ahora. No, esta carta no va en ese tono. Menos aún en el tono amenazante con que muchos pretenden asustarte -la soledad política, el aislamiento económico, el corralito- como si una relación se pudiera mantener a base de amenazas.

Estoy seguro de que, más allá de la demagogia nacionalista, los agravios históricos -reales y ficticios- y el hartazgo institucional, hay una auténtica voluntad de separación, una gana de emprender el camino en solitario. Voy a suponer también que esa voluntad es mayoritaria en el pueblo catalán, cosa que, la verdad, dudo mucho. Pero ahora te hablo sólo a ti, la Catalunya que quiere irse. Si el nacionalismo es un sentimiento, quiero hablarte también de sentimientos. Los míos. Quiero creer, y espero que no suene demasiado arrogante, que hablo en nombre de muchos cuando digo que Catalunya forma parte indisoluble no ya de España, de lo mejor de ella, de su pasado, de su historia, de su cultura, sino también de mi propio pasado.

Dos de los músicos más grandes del nacionalismo español, Albéniz y Granados, eran catalanes. No es casualidad que, en buena medida, la obra de ambos esté cuajada de referencias españolas. El magno cuaderno pianístico de Albéniz, un legado comparable al de Liszt o Debussy, se llama Iberia y más de la mitad de las piezas tiene un toque andaluz. De las Doce danzas españolas de Granados, el genio de Lérida, puede decirse otro tanto. El otro gran nombre del nacionalismo español, Falla, era gaditano pero dedicó casi en exclusiva las últimas dos décadas de su vida a poner música a uno de los poemas capitales de la lengua catalana, La Atlántida, de Jacinto Verdaguer.

Al fin y al cabo, el castellano y el catalán son idiomas hermanos, una constatación de que son muchas más cosas las que nos unen que las que nos separan. De la necesidad del diálogo habló mucho mejor que yo otro gran poeta catalán, Salvador Espriu, en su libro La pell de brau (1960):

De vegades és necessari i forçós
que un home mori per un poble,
però mai no ha de morir tot un poble
per un home sol:
recorda sempre això, Sepharad.
Fes que siguin segurs els ponts del diàleg
i mira de compendre i estimar
les raons i les parles diverses dels teus fills.
Que la pluja caigui a poc a poc en els sembrats
i l’aire passi com una estesa mà
suau i molt benigna damunt els amples camps.

Que Sepharad visqui eternament
en l’ordre i en la pau, en el treball,
en la difícil i merescuda
llibretat.

Que suena casi igual de hermoso en su traducción al castellano:

A veces es necesario y forzoso
que un hombre muera por un pueblo,
pero jamás ha de morir todo un pueblo
por un hombre solo:
recuerda siempre esto, Sepharad.
Haz que sean seguros los puentes del diálogo
y trata de comprender y de estimar
las diversas razones y hablas de tus hijos.
Que la lluvia caiga poco a poco en los sembrados
y el aire pase como una mano extendida,
suave y muy benigna sobre los anchos campos.

Que Sepharad viva eternamente
en el orden y en la paz, en el trabajo,
en la difícil y merecida
libertad.

Para mí Catalunya no es el Barca, ni el Bulli, ni Pujol, ni Tarradellas, ni el fuet, sino más bien ese poema de Espriu; ciertos relatos de Quim Monzó, que escribe en catalán; ciertos relatos de mi amigo Diego Prado, que escribe en castellano; el modo en que Tete Montoliu acaricia la melodía de A Child Is Born; unos versos terribles de Joan Margarit a la muerte de su hija; los gatos enloquecidos de Josep M. Beá en Historias de taberna galáctica; los muchos amigos de la Llibrería Altaïr; un poema de Joan Pons que acabo de descubrir esta semana; la rabia inconsolable del Pijoaparte a caballo de su vespa; el vertiginoso Cristo de Dalí flotando sobre su cruz; el casi secreto restaurante familiar donde nos llevaron Juan Soto Ivars y su mujer, tras la pinacoteca de escamas del mercado de La Boquería; el monólogo jadeante de La plaza del diamante de Mercè Rodoreda; la luz de Figueras una tarde irrepetible en que tropecé allí con Anthony Quinn; el escalofriante solo de guitarra de Max Sunyer en Camí de Rupit, de Pegasus; las carcajadas bilingües de mi camarada Román Piña Valls; la madera con olor a vino de una taberna cerca de la Barceloneta cuya dueña era forofa a muerte del Real Madrid; la ternura celestial con que Alicia de Larrocha inicia la modulación en Corpus Christi en Sevilla, de Albéniz; la sonrisa triste de Pepe Carvalho echando otro poemario al fuego; los hijos que no tengo y a los que una vez imaginé jugando entre los dragones del Parque Güell.

Mucho antes que Pepe Carvalho, ya había gente quemando literatura en España. En el libro más alto que vieron los siglos, Don Quijote de la Mancha, cuando el cura, en su estilo inquisidor, va espurgando la biblioteca de Alonso Quijano en busca de las novelas de caballería en las que prendió su locura, salva una de las primeras el Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell: “Dígoos verdad, señor compadre, que por su estilo es este el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros y duermen y mueren en sus casas y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros de este género carecen”. En Barcelona, la única ciudad que visitan en sus aventuras don Quijote y Sancho, ven por primera vez el mar, un párrafo cuajado de movimiento, de luz, de vida y de alegría. En Barcelona el Caballero de la Triste Figura cae derrotado por la realidad pero aún no da su brazo a torcer y proclama que Dulcinea del Toboso es la más bella dama sobre la faz de la tierra. No, aún no quiero creer que don Quijote se aferró a su último sueño en el extranjero.