Aritmética mariana

En la historia de España abundan los grandes pintores, los grandes poetas, los grandes novelistas, los grandes músicos, incluso los grandes cocineros, pero las ciencias, hay que reconocerlo, no es nuestro terreno. Por ejemplo, los dos únicos premios Nobel de Medicina obtenidos por nuestro país en más de un siglo son las excepciones que confirman la regla: Ramón y Cajal hizo sus descubrimientos en defensa propia y Severo Ochoa tuvo que exiliarse al extranjero para encontrar neuronas disponibles. Sí, amigos, técnicamente, en realidad, no son dos sino un solo premio, lo cual demuestra que yo también tengo serios obstáculos para contar con los dedos. Pero cuando las cantidades se disparan en cifras de cinco o seis ceros y hay que calcular muchedumbres esparcidas en enormes superficies, entonces sí que los problemas se nos multiplican.

Según el espectacular método de recuento mariano patentado por el PP, una manifestación, un referéndum o un jolgorio no se mide por el número de personas que acuden a él sino por el número de personas que decide no ir. Mediante la prueba de la negatividad, la ausencia se convierte en un factor esencial a la hora de calcular el repudio de la población ante determinades actividades políticas, artísticas o simplemente lúdicas. De este modo, yo mismo he impartido conferencias que han sido rechazadas por cientos de miles de personas, y una vez, en un bar de Lavapiés, hice una lectura de poemas que fue desdeñada en bloque por casi cuatro millones de madrileños. Todos menos seis o siete amigos y el camarero, que estaba contando cervezas. Francamente, todavía no entiendo cómo pude salir vivo.

Aplicando esta novedosa herramienta de matemática política, el referéndum del 1 de octubre resultó un sonoro fracaso, puesto que más de cinco millones de catalanes decidieron sabotearlo mediante el sencillo procedimiento de quedarse en casa. El silencio es un clamor que no sale reflejado en los sismógrafos, del mismo modo que ante una sábana manchada sólo cuenta la mancha, no el océano blanco de la tela impoluta. El problema es que, siguiendo este impecable razonamiento estadístico, la manifestación de ayer domingo contra la independencia de Cataluña resultó un fiasco de proporciones similares a una lectura mía de poesía.

En efecto, teniendo en cuenta que a Barcelona acudieron en masa docenas de miles de personas procedentes de todos los puntos de la geografía española, portando banderas y entonando cánticos futbolísticos (“yo soy español, español, español”), la participación osciló entre los 950.000 manifestantes contabilizados por Societat Civil Catalana y los 350.000 ofrecidos por la Guardia Urbana. Muy por debajo apuntan las cifras de las diversas concentraciones de personal que el pasado sábado se reunieron a favor del diálogo o bien enarbolando la bandera de la unidad de España e incluso la otra bandera, la del pollo franquista. Es decir, que unos cuarenta y pico millones de españoles, millón arriba, millón abajo, -todos los que decidieron permanecer en su domicilio- se declaran partidarios silenciosos de la independencia de Cataluña. En cambio, el apoyo a la monarquía española en consultas populares sigue siendo unánime y ensordecedor: ahí sí que no ha faltado ni uno.