A Puigdemont la declaración le sale a devolver

Ayer por la tarde, en el Parlament de Catalunya, Carles Puigdemont realizó una fabulosa exhibición de salto en la que se lanzó desde el trampolín más alto y logró aterrizar no en la piscina independentista sino sobre una palanca treinta metros más abajo. Fue un tripazo espectacular. Parecía que iba a fecundar un país, pero en el último momento echó marcha atrás, un coitus interruptus que dejó a Ciudadanos de morros, al PSC espantado, a Esquerra estupefacta y a la CUP catatónica. En cuestión de dos frases, Junts pel Sí pasó a denominarse Junts pel Potser. Tampoco es que tuviera muchas opciones, puesto que al reconocer como vinculante un simulacro de referéndum no le quedaba otra que aceptar una independencia de fogueo.

El retraso de más de una hora no hacía augurar nada bueno. Durante los primeros diez minutos de su discurso, en la fase de calentamiento, Puigdemont lo apostó todo a una serie de maniobras de judo: se apoyó en un solo punto, la fuerza de su adversario, intentando que la brutal represión policial que cayó sobre la población catalana el primero de octubre diera validez a una consulta que no cumplió ninguna garantía democrática. Todas las acusaciones de Puigdemont -la falta de diálogo, la sordera perenne del gobierno español, la laminación del Estatut desde el Constitucional, la simpatía hacia el pueblo catatán que despertó el apaleamiento policial en la prensa extranjera- no tenían vuelta de hoja. Habló, incluso, de Franco. Sin embargo, Franco no estaba presente en ese momento, el gobierno español tampoco, y daba la impresión de que Puigdemont estaba zurrando una paliza a un muñeco de paja, igual que los manifestantes palestinos cuando linchan a un espantapájaros y luego le prenden fuego a la bandera de las barras y estrellas.

Era evidente que el salto lógico con que iba a concluir su argumentación desembocaba en una falacia lógica de manual, pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. Lo empujaba la inercia de la marea popular a la que Puigdemont se había subido en las semanas previas al referéndum. Cuando más de dos millones de personas salen a la calle, la marea se transforma en maremoto y es muy difícil devolver un maremoto a su domicilio. Puigdemont, surfeando en la cresta de la ola, entre amigos y enemigos, iba ebrio de velocidad, rezando para que la ola perdiese impulso y lo depositase tranquilamente en la tierra prometida.

Al fin y al cabo, se trataba de rebatir un viejo refrán castellano, aquel que habla de la imposibilidad de nadar y guardar la ropa al unísono. Puigdemont lo intentó con una declaración de independencia virtual, suspendida en el momento mismo de declararse, una petición de divorcio en diferido, como esas parejas que piden un tiempo muerto para ver cómo marcha la separación mientras van contando los muebles y explicando el asunto a los hijos. No deja de ser curioso que en el momento en que se apartaba de España era cuando sonaba más español -al tiempo que hablaba en catalán-, mientras que cuando pidió serenidad y diálogo, al estilo catalán, usó el castellano. Intentar agradar a todo el mundo es la fórmula segura para decepcionar a todo dios. Puigdemont ni nadó ni guardó la ropa y la ola sigue su camino. De momento, la declaración le ha salido a devolver.