Puigdemont imita al Coyote

Muchos catalanes se preguntan si la república que se declaró el martes en el Parlament sigue vigente o si duró sólo ocho segundos y pico. Es difícil decirlo. Al día siguiente, desde Madrid, Mariano replicó que él tampoco había entendido muy bien a Puigdemont, y eso que Mariano es experto en trabalenguas, retruécanos, paradojas y sandeces. Si al menos Puigdemont hubiera dicho: “Es el catalán el que elige la independencia y es la independencia la que quiere que sean los catalanes independientes”, no cabría la menor duda. Pero entre la traducción simultánea y los subtítulos, la verdad, no había manera de aclararse.

La respuesta meridiana que le exige Mariano a Puigdemont tiene un eco al careo entre Tom Cruise y Jack Nicholson en el juicio de Algunos hombres buenos. “Señor president, ¿ordenó usted el código rojo?” Para medio mundo, el que miraba por las pantallas de televisión en esos históricos momentos, daba la impresión de que Puigdemont había dado un paso al frente y dos pasos atrás. Se trata de una forma extraña de avanzar hacia la independencia, pero incluso a ese ritmo se han llevado muchos Cristos y muchas vírgenes hasta la capilla. El procés reconvertido en procesión ha ido saltando del referéndum a la huelga como los electrones por la órbita de los átomos, camino de la república cuántica catalana, una república que es y no es a la vez. Una perspectiva demasiado emocionante para los grandes bancos y ciertas empresas.

A Puigdemont le han exigido lo más difícil que se le puede exigir a un político: una definición. Ahí está el PSOE, que lleva más de tres décadas oscilando entre la izquierda y la derecha. O Pedro Sánchez, que ahora tiene que elegir entre estrechar la mano de Mariano en señal de amistad o arrodillarse y besársela en señal de sumisión. Puigdemont tiene de plazo hasta las diez de esta mañana para intentar desactivar la aplicación del artículo 155, porque Mariano piensa apretar el botón a pesar de su paciencia proverbial. Es una reedición de la comparecencia del martes pasado en el Parlament pero sin margen para el retraso. Como en las películas, un reloj digital va acercando los segundos al momento de la explosión mientras Puigdemont suda la gota gorda con las tijeras en las manos. Corta el cable azul, corta el blanco, corta el verde, le gritan desde Madrid, desde Barcelona, desde la CUP y desde su casa. Es inútil porque todos los cables son del mismo color: rojigualda.

De manera que el país entero está ahí, conteniendo la respiración, aunque a lo mejor son dos países, uno monárquico y otro republicano, sólo que no nos hemos dado cuenta aún. La tensión ha contagiado hasta el clima atmosférico, que sigue instalado en un verano eterno, sin una gota de agua desde hace semanas, aunque se prevén grandes chubascos en cuestión de horas. En cualquier momento podría declararse el otoño. Mientras tanto Puigdemont sigue desafiando la ley de la gravedad, corriendo cuando hace tiempo que se le ha acabado el suelo bajo los pies, lo mismo que el Coyote más allá del precipicio, un momento antes de mirar hacia el abismo e iniciar la caída.