Por el fuego se sabe dónde está el humo

De momento, España no se rompe: se quema. Sin embargo, el fuego no preocupa tanto al ejecutivo como el fracking independentista. De hecho, le preocupa más bien poco. Probablemente porque aquí nadie pide responsabilidades al gobierno central, muy al contrario que en nuestro país vecino, Portugal, donde el socialista Antonio Costa ha sufrido críticas durísimas desde diversos estamentos civiles y políticos por su pésima gestión y tendrá que hacer frente a una moción de censura en toda regla. Lo cierto es que las cifras en Portugal son apabullantes: más de un centenar de muertos entre la tragedia de Pedrogao Grande el pasado verano y los más de quinientos incendios de este fin de semana.

Está muy feo utilizar una catástrofe medioambiental como arma política. Es exactamente lo que hizo Mariano cuando, en 2006, acusó a la administración de Zapatero de “ineficacia y sectarismo” mientras Galicia ardía por los cuatro costados. El lodazal también descendió a nivel autonómico. El actual presidente de la Xunta, Núñez Feijóo, criticó ferozmente a su antecesor en el cargo, Emilio Pérez Touriño, de quien dijo que se le había acabado el crédito tras su gestión del desastre. Poco después, en enero de 2007, llegó a asegurar: “Con nosotros no moría gente en los incendios, y con ellos, cuatro personas”. Una promesa electoral por la que ponía la mano en el fuego. A día de hoy, Feijóo acaba de igualar el récord.

Es lógico que Mariano, especialista en cruzarse de brazos leyendo el Marca, aprovechase una catástrofe medioambiental para recaudar votos. Después de todo, se hizo famoso en el mundo entero por su prodigiosa definición de las toneladas de petróleo vertidas en el desastre del Prestige: “Salen unos pequeños hilitos de plastilina”. Con la misma parsimonia, esperó hasta las once de la noche del domingo, cuando media Galicia ya era pasto de las llamas, para mostrar su dolor por las víctimas y felicitar a los que trabajaban intentando sofocar el infierno. Antes, a media tarde, había tenido tiempo para condenar el atentado en Somalia y también para felicitar al ganador de las elecciones austriacas. El lunes incluso se tomó la molestia de volar a Galicia a repartir pésames.

Con todo, se podían haber desplazado también diez o doce mil efectivos policiales para que ayudaran a la tarea de extinguir el fuego, pero nuestro gobierno no considera prioritario que una comunidad autónoma se queme hasta las cenizas. Muy diferente hubiera sido si los gallegos hubieran organizado un referéndum por la autodeterminación de Pontevedra o una huelga en un aeropuerto. Aun así, con su habilidad innata para desviar la atención -usando una cortina de humo en Cataluña para tapar un apocalipsis en Galicia- el presidente ha salido bastante bien librado del desastre. Siguiendo su estrategia de dejar madurar los problemas hasta que se pudren y se caen del árbol, esta vez podría decirse que esta vez ha tenido suerte: la lluvia ha venido a echarle una mano justo a tiempo. Aunque quienes han tenido suerte de verdad son los gallegos.