Bienvenido, Míster Puigdemont

Podrán decir lo que quieran los responsables del movimiento independentista catalán, pero les está quedando una separación muy poco catalana, con apenas seny, una separación bastante furibunda, tremolante y enloquecida, o sea, española a más no poder. Concretamente, la penúltima maniobra de Puigdemont, ese puedo y no quiero del que depende el nacimiento de un país y el desmembramiento de otro, ha salido clavada a la célebre escena del balcón de Bienvenido, Mr. Marshall, cuando Pepe Isbert, en el papel de alcalde, se dirigía con su voz estropajosa a los habitantes de Villar del Río:

“Vecinos de Catalunya, como presidente vuestro que soy, os debo una declaración, y esta declaración que os debo os la voy a pagar: que yo, como alcalde vuestro que soy, os debo una declaración, y esta declaración que os debo os la voy a dar, porque yo, como alcalde vuestro que soy, os debo una declaración que tengo que declarar”.

En ese momento, o poco antes, intervenía Oriol Junqueras (Manolo Morán) para aclarar a los vecinos, por si no se habían enterado todavía, que el presidente les debía una declaración, pero ahí estaba él para decirles que no sólo les debía eso sino una gratitud emocionada por el respeto, entusiasmo y disciplina con que habían acogido sus órdenes, demostrando con ello el heroísmo sin par de este noble pueblo que os vio nacer para honra y orgullo del mundo entero (sic).

Este momento cumbre demuestra hasta qué punto la realidad puede suplir las deficiencias de la ficción, cuando todo el país y buena parte del extranjero está pendiente del final de este culebrón. Ahí está Ferreras, atrincherado en el plató de la Sexta, alimentado por vía intravenosa, echando un pulso de resistencia en el que podría batir a James Stewart hablando sin parar en Caballero sin espada o encaminarse hacia un desenlace pavoroso en el que toda Catalunya sucumbiría a un apocalipsis zombi, con los representantes de la CUP masticando indecisos por las calles de Barcelona y Ferreras como único superviviente entrevistándose a sí mismo.

Ninguna teleserie de producción nacional (probablemente tampoco internacional) está en condiciones de competir con los emocionantes vaivenes de esta versión de Lost en catalán, en la que en cualquier momento, de entre el pelazo de Puigdemont, puede brotar un oso polar. Los guionistas de Lost hacían avanzar la acción mediante la huida hacia delante, concatenando incidentes y absurdos que no explicaban nada de lo anterior y que únicamente añadían más leña al fuego, con la esperanza de que el espectador sufriese una amnesia repentina que lo absolviese de cualquier intento de comprensión. No fue así y el final resultó tan confuso y delirante que cuatro años después uno de los actores lanzó la hipótesis de que en realidad los personajes de la isla se encontraban en una antesala del paraíso, dispuestos a emprender una nueva vida en el más allá. También avisó de que a muchos de los telespectadores no le iba a gustar este remate a lo Paulo Coelho, pero entonces mejor que se lo hubieran pensado antes de engancharse al culebrón. De modo similar, la independencia se halla al cabo del camino, con un montón de catalanes que la aguardan ansiosos, agitando banderas y coreando consignas, pero no se descarta que pase zumbando de largo como la comitiva del Plan Marshall y los deje a todos plantados con un palmo de narices. Tampoco se descarta que haya pasado ya.