Esto (no sólo) es Hollywood

Si algo bueno tiene la campaña de denuncias desatada contra el productor Harvey Weinstein es demostrar que los abusos en Hollywood no son la excepción sino la regla. Ha sido como levantar una piedra y descubrir debajo un hervidero de gusanos. El reguero de mujeres maltratadas por el todopoderoso capo de Miramax ha destapado una auténtica cloaca sexual y moral de la que nadie hablaba pero de la que todo el mundo estaba enterado. Por eso el espectáculo de tantos cineastas y actores escandalizados, tirándose de los pelos y dándose golpes de pecho, cuando hacía tiempo que conocían el percal, da bastante pena y bastante asco. A Weinstein le llamaban “Manos Tijeras” por su manía de destrozar películas en la sala de montaje, pero, vista la cantidad de actrices y trabajadoras acosadas, será mejor que cambien el nombre por la versión porno: “Harvey Manos Pollas”.

Con todo, aunque Hollywood no sea, ni mucho menos, el único lugar de trabajo donde los machos alfa exigen derecho de pernada, sí ha sido el primero donde las víctimas han perdido el miedo. No sólo el miedo a que un cerdo baboso se te eche encima, te manosee y te arranque la ropa, sino el miedo a acabar en la calle, en la lista negra o en la cola del paro. El caso Weinstein ha destapado el inframundo de las relaciones laborales no ya en La Meca del cine sino en el despacho del jefe, el “quid pro quo, Clarice” que tantas mujeres han soportado y siguen soportando en silencio.

Mucho menos conocido que el mayor de los Weinstein, Brett Ratner, otro productor y director de cine estadounidense, ha sido el siguiente en sumarse a esta historia general de la infamia. Las actrices Jamie Ray Newman, Olivia Munn y Nastasha Hentridge son tres de las seis mujeres que se han atrevido a desvelar los abusos, tocamientos y asquerosidades que tuvieron que soportar tiempo atrás. Ese retraso de décadas en la denuncia es una constante en este tipo de delitos, tanto por la edad de las víctimas en el momento del ataque como por el hecho de que son cosas que jamás se olvidan. Hasta 1985, cuando ella contaba 17 años, se remontó la escritora Anna Graham Hunter para recordar los chistes de mal gusto, los sobeteos descarados y la obscena conducta de Dustin Hoffman durante el rodaje de La muerte de un viajante. “Tomaré un huevo duro y un clítoris a medio hacer” dijo un día Hoffman cuando Hunter, que trabajaba de becaria, le preguntó qué quería desayunar. Un coro de risotadas masculinas acompañó el comentario, una prefiguración del que se escucha estos días, cuando tantos machotes, empezando por Alfonso Ussía, se toman a broma estos curiosos ritos patriarcales.

El año pasado Elijah Wood advirtió que la cultura de la pederastia era habitual en Hollywood y Corey Feldman no sólo lleva años denunciando los abusos que sufrió de niño sino que ahora prepara un documental donde piensa desvelar el nombre de varios productores y actores célebres. La hipocresía llegó al límite cuando la productora de House of Cards anunciara la cancelación de la teleserie después de que Kevin Spacey fuese acusado de abusos a menores por dos actores, Anthony Rapp y Robert Cavazos, el último de los cuales afirma que la conducta depravada de Spacey en el Old Vic Theatre de Londres era tan común que hasta hacían chistes al respecto.

Lo más curioso de todo es que vayan a cesar al presidente de Estados Unidos en la ficción por abusos sexuales cuando al presidente de Estados Unidos en la realidad, Donald Trump, no le afectó lo más mínimo que se hicieran públicas unas declaraciones donde confesaba su peculiar manera de seducir a las mujeres: “Me atraen las mujeres bonitas automáticamente, las comienzo a besar, es como un imán, no puedo evitarlo. Y si eres famoso, te dejan hacer lo que quieras, puedes hacer lo que quieras: agarrarlas del coño… Puedes hacer de todo”. Llega a violar niños y tiene la reelección asegurada.