¡Están vivos!

Ahora mismo Cataluña podría protagonizar aquella reflexión de Churchill sobre que los Balcanes producen más historia de la que pueden consumir. De hecho, en el último mes Cataluña ha generado más portadas, editoriales, reportajes y columnas de las que podría asimilar Ferreras, una sobredosis de información que ha tapado por completo no sólo la podredumbre interminable del caso Gürtel sino también la ausencia de responsabilidad política por los incendios en Galicia, las multitudinarias protestas por las obras del AVE en Murcia, la escandalosa anulación de varias multas millonarias a Telefónica, Orange y Repsol, el nuevo saqueo a la caja de pensiones o la enésima subida de las tarifas eléctricas. La independencia catalana es la tormenta perfecta, sobre todo si tenemos en cuenta que, en comparación con la violencia y el espanto de los conflictos balcánicos, se trata de una tempestad en un vaso de agua.

Otro de los efectos secundarios de esta unanimidad informativa es la reanimación asistida de unos cuantos cadáveres políticos que ya parecían definitivamente amortizados. Tal vez el caso más llamativo sea el de Josep Borrell, un hombre a quien la maquinaria del partido apuñaló en su día, sepultándolo bajo la losa de Ferraz para dar paso a los años dorados del aznarismo gracias a una nulidad llamada Joaquín Almunia. No obstante, como en Ferraz los enterramientos tienen fecha de caducidad, el cuerpo de Borrell fue exhumado, restaurado y puesto de nuevo en circulación para que fuese a echar una mano en medio del barullo catalán. El apellido es que tira mucho. Borrell ha repetido, con casi dos decenios de retraso, la milagrosa resurrección de Pedro Sánchez, otro zombi al que la directiva creyó fuera de combate antes de tiempo pero que no sólo resultó invulnerable a las pedradas sino también mucho más útil después de muerto.

No menos impresionante es el retorno a los ruedos de Xavier García Albiol, el cual, aprovechando que medio Govern se encuentra entre rejas y otro medio en busca y captura, se ha venido arriba, lo que en su caso es una hipérbole digna de mención, ya que Albiol son dos metros de pura xenofobia. El pivot de la extrema derecha española se ha ido estos días al barrio gerundense de Vila-Roja, un bastión anti independencia que resiste como la aldea gala de Astérix, a hacerse unas fotos rodeado de simpatizantes suyos, fotos que demuestran por qué es un seguidor acérrimo de la saga Torrente, de Santiago Segura. “Aquí nos discriminan por pobres, por gitanos y por españoles” ha dicho el tío Antón, uno de los patriarcas de la barriada. Sólo faltan los negros y los chinos para que Albiol consiga el censo electoral idóneo. Ha advertido a los votantes que, si el independentismo gana el 21-D, habría que volver aplicar el artículo 155 las veces que haga falta. Una novedosa formulación de aquel principio enunciado en su día por el poeta Alvaro Muñoz Robledano: “La democracia es el sistema mediante el cual el pueblo elige libremente a sus representantes del PP”.

Recién defenestrado y con las heridas todavía supurando, Puigdemont no descarta presentarse a las elecciones aunque tenga que hacer campaña en traje de rayas. Al fin y al cabo, en España triunfan los candidatos fuera de la ley.