Si el Señor es mi pastor, ¿quién es mi perro?

Debo al poeta David González, gran amigo al que hace mucho que no abrazo, la eficacia impertinente de este titular que, a buen seguro, habrá revuelto las tripas a más de uno. Sin embargo, el hecho de que la reciente masacre de Sutherland Springs tuviera lugar en una iglesia ha suscitado de inmediato un aluvión de lecturas religiosas. Un policía jubilado, vecino del lugar, ha dado la siguiente explicación: “Esto es cosa del Diablo, que sabe que cada vez falta menos para el día de la llegada de Jesús y está aprovechando el tiempo que le queda”. Es una versión que intenta apuntalar la contradicción esencial de que un montón de gente que rezaba en un lugar sagrado se encontrara con la muerte en forma de un perturbado armado con un fusil de asalto y dos pistolas. Llevaba, además, para dejar claras sus intenciones, el rostro tapado con una máscara adornada con una calavera.

En El silencio de los inocentes, la célebre novela de Thomas Harris, Hannibal Lecter le confiesa a Clarice Starling que, para divertirse, colecciona noticias de derrumbamientos de iglesias: “¿Se ha enterado del que acaba de producirse en Sicilia? ¡Maravilloso! Se desplomó la fachada aplastando a sesenta y cinco beatas que asistían a misa mayor (…). El está ahí arriba, créame, agente Starling, se regocija. El tifus y los cisnes, todo procede del mismo sitio”. La maldad como obra de Dios nos retrotrae a un viejo debate teológico en el que el papel de Diablo carece de autonomía propia. Mucho más estúpido que el comentario de Lecter fue la observación de una periodista de la Fox, Ainsley Earhardt, quien, en un alarde a lo Mariló Montero, dijo que si te van a disparar, el mejor sitio es una iglesia.

Por norma general, a un asesino en masa (que es el término técnico por el que se conoce a estos criminales) le da igual actuar en un parque, en un colegio, en una hamburguesería, en una estación de tren o en unas oficinas. Revientan de golpe, como una olla a presión y se llevan por delante a todos los que puedan, ya sea a balazos, a cuchilladas o -como han puesto de moda los terroristas islámicos- a golpe de acelerador. Es la rabia la que aprieta el gatillo o la que guía el volantazo; las motivaciones -ideológicas, religiosas, personales- vienen después, hasta tal punto que algunos homicidas del ISIS han sido reclutados post mortem. A nadie se le ocurrió decir que Anders Breivik, ex francmasón, luterano y ultranacionalista noruego no estuviese como un cencerro a pesar de que para su cacería personal seleccionó y masacró uno a uno a 77 jóvenes asistentes a un campamento juvenil del Partido Laborista.

Devin Kelley, el ex militar que mató a 26 personas e hirió a otras 20 en una pequeña iglesia de Texas, iba buscando a su suegra. La cual tuvo la increíble suerte de no acudir aquel día a misa. Expulsado de la Fuerza Aérea por maltratar a su esposa y a su hijo, Kelley no tuvo problemas en adquirir nada menos que un Ruger AR 15, a pesar de que las autoridades militares tendrían que haber informado al FBI para ponerlo en una lista negra. Por suerte para los feligreses que se encontraban rezando en Sutherland Springs, por allí cerca pasaba un perro guardián, un lugareño que disparó a Kelley desde fuera de la iglesia, logró herirlo y emprendió la persecución junto a otro vecino. Con su clarividencia habitual, a base de champú, Donald Trump ha explicado que se trata de un problema de salud mental, no de la facilidad para adquirir armas. Charlton Heston ya advirtió en su día que, si los profesores fuesen armados, las matanzas en los institutos terminarían por la vía rápida.