Palos de ciego

Yo no había venido aquí a hablar de mi libro, pero veo que no me queda otro remedio. Sobre todo después de enterarme de lo sucedido con María Ascensión López, que va a ser la primera persona condenada en la increíble historia de los niños robados en España. No uno de los cientos de implicados en este abominable crimen de lesa humanidad, no un médico, ni una enfermera, ni una monja, ni una comadrona, ni un funcionario, sino una víctima ella misma, un bebé robado. Una mujer que descubrió por un comentario casual que su padre no era su verdadero padre, que la compró en el momento de nacer: “¿Por qué lloras por este hombre que no es nada tuyo?” De este modo, a los ocho años, Ascensión López supo que pertenecía a una macabra y abrumadora estadística, invisible como un secreto de estado: la de los miles y miles de bebés (un informe eleva la cifra nada menos que a 60.000 familias afectadas desde la Guerra Civil) que fueron arrebatados a su madre en la cuna y vendidos al mejor postor, como Dios manda, en un infame comercio de seres humanos.

Es lógico que la justicia española haya decidido mirar hacia otro lado: la magnitud del crimen, la vergüenza y el asco que produce la indefensión de las víctimas, las implicaciones morales y religiosas que acarrea son tan enormes que lo mejor es hacer como si no existiera. Al fin y al cabo esto de mirar hacia otro lado en este país siempre se nos ha dado muy bien: hay muchas formas de ver el mundo, pero también hay muchas formas de no verlo. Y los poderes en la sombra que manejan el cotarro tampoco son como para andarse con tonterías: que se lo digan a Ascensión López, que ha sido condenada a una multa que no puede pagar y va a acabar en la cárcel por injurias a pesar de las más de noventa mil firmas presentadas en el Congreso y del apoyo de las asociaciones de bebés robados. El Consejo de Ministros, el mismo que ha indultado a docenas de funcionarios y altos cargos por prevaricación y corrupción (los seis últimos el pasado febrero) ha denegado el indulto a Ascensión. Lo más triste de todo es la estupefacción de esta pobre mujer al ver la falta de humanidad y compasión de la monja a la que previamente había denunciado. Todo ello a pesar de la documentación que aportó, donde aparecía el nombre de Dolores Baena, pero la causa, por razones misteriosas, no siguió adelante. Esperar humanidad y compasión de una monja, a quién se le ocurre. Y esperar que la justicia haga justicia en España.

Esta historia me toca en carne viva porque mi hermano mayor murió en la clínica San Ramón de Madrid, uno de los mayores centros del tráfico de niños robados en España, en octubre de 1965. Nació y apenas vivió unas horas por culpa de una negligencia médica de la que nadie se hizo responsable. He escrito Palos de ciego bajo la sombra de ese otro David, con el estigma de su muerte y el eco de su vacío en mi corazón: los dos llevamos el mismo nombre. Pero, mientras lo escribía, la sensación de haber ocupado el lugar de un fantasma no era ni mucho menos tan terrible como la de descubrir que vivía en un país fantasma. Cuando empecé a investigar el pasado, un abogado experto que ha escrito varios libros sobre el tema y llevado varias demandas, Enrique Vila Torres, me advirtió que iba a tropezarme con un muro de silencio. Me estrellé contra algo mucho más sombrío y siniestro que eso: el miedo, la oscuridad, la espantosa farsa de un mundo al revés donde las víctimas son las culpables y los culpables son impunes, todopoderosos, intocables. La propia Ascensión ha visto que su condena es una advertencia y un escarmiento: “Es un aviso a las víctimas, para que no sigan indagando”. Albert Camus lo dijo hace muchos años: “Fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y salir derrotado, que la fuerza puede destruir el alma y que a veces el coraje no obtiene recompensa”. Sigue siendo la misma España de siempre.