Criminales de guerra, carniceros en paz

Como tantos otros, el concepto de criminal de guerra resulta siempre relativo: depende mucho de si el criminal en cuestión perdió o ganó la guerra. Así, tras la Segunda Guerra Mundial, los Aliados se permitieron el lujo de juzgar en Nüremberg no sólo a ciertos jerarcas del aparato nazi, como Göring, Bormann o Frank, sino también a altos mandos responsables de matanzas, médicos que colaboraron en los campos de exterminio, empresarios que se lucraron con la industria del genocidio y magistrados que impusieron las leyes de pureza racial.

Fue una labor pionera en la historia de los derechos humanos, aunque se quedara sin juzgar un importante bancal de criminales, precisamente los del bando aliado. Por citar sólo tres casos: la violación masiva de más de siete mil civiles italianos por obra y gracia del Cuerpo Expedicionario Francés -los Goumiers-; la masacre de Katyn, donde alrededor de veinte mil prisioneros polacos fueron ejecutados por el ejército soviético; o el bombardeo de Dresde, en el que cuatro ataques aéreos combinados de las fuerzas aéreas británicas y estadounidenses arrasaron la llamada “Florencia del Elba” con un saldo de entre cuarenta mil y cincuenta mil víctimas civiles.

Mención aparte merecen las dos bombas atómicas arrojadas sobre Japón por orden del presidente Truman, dos vistosas atrocidades que mataron más de ciento diez mil personas, dejando a su paso un incontable reguero de secuelas, y cuya justificación estratégica (causar un efecto psicológico tan devastador que obligaría al ejército japonés a capitular) no se sostiene por el simple hecho de que se lanzó una bomba el 6 de agosto en Hiroshima y otra el 9 de agosto en Nagasaki. Más que para Hirohito, Fat Man era un mensaje en clave para Stalin. Había que enseñarle a la URSS que en el frente del Pacífico no tenía nada qué hacer y que, además, contaban con más de una.

De manera que sí, que está muy bien que el Tribunal Penal Internacional haya condenado al general Ratko Mladic por genocidio y crímenes contra la humanidad durante la guerra de Bosnia, pero es una sentencia que nos deja un poco fríos a quienes vimos escapar a Pinochet con su dodotis -gracias al apoyo de Margaret Thatcher y de docenas de mamporreros más- y a quienes nunca veremos sentarse en el banquillo a un genocida de la talla y el talante de Henry Kissinger. Más que fríos, indiferentes y bastante mosqueados a quienes tenemos que seguir soportando, año tras año, los homenajes, los monumentos y las calles decoradas con los nombres de quienes dedicaron lo mejor de tu talento a cazar españoles como a conejos.

No es sólo la sombra insoslayable de la cruz en el Valle de los Caídos, el mayor monumento al fascismo sobre la faz del planeta; ni la tumba, en la Basílica de la Macarena en Sevilla, del general Queipo de Llano, responsable del asesinato de Federico García Lorca y de más de cinco mil personas en la peor matanza de la guerra civil, la Desbandá, un ataque contra civiles indefensos que abarrotaban la carretera de Málaga a Almería. Es la infamia inalterable de casi cuarenta años de paz -una época de “extraordinaria placidez”, según Mayor Oreja- en la que los criminales seguían a lo suyo, violando mujeres y torturando inocentes con la bendición de la iglesia. Hay demasiadas Srebrenicas impunes en el mundo para alegrarse por la condena de un carnicero más.