Berlusconi vuelve, Mariano se queda

Dice Berlusconi que a sus ochenta y un años se siente como un hombre de cuarenta. Lo malo es que, al paso que va con las sesiones de cirugía estética, pronto se sentirá como uno de veinte y no habrá mucha gente capaz de seguirle la marcha. Teniendo en cuenta el careto, la sonrisa de rigor mortis y el cutis de barro cocido con los que se presentó al público, algunos periodistas sospecharon que podían haberles dado el cambiazo por alguna de las estatuas del Museo de Cera de Benidorm. No necesariamente la de Berlusconi, puesto que las estatuas del Museo de Cera de Benidorm se caracterizan por un parecido más que dudoso respecto al original: podía ser la estatua de cera de Julio Iglesias o la de Gloria Fuertes. De ser cierta esta hipótesis habría muchos problemas para verificarla, puesto que no sólo el físico de Berlusconi es similar al de una estatua de cera sino que la ideología también.

Hablando de ideologías, el rejuvenecimiento quirúrgico de Berlusconi se corresponde con el auge de las políticas neoliberales que cada vez están más a la última. Hace veinte o treinta años, los recortes salariares, el aumento de la edad de jubilación, la extensión libre de horarios y la pérdida de derechos laborales parecían fuera de lugar, cosas viejunas, igual que las patillas de hacha o el gin-tonic con sandía: ahora son el último grito en Europa. Los trabajadores salían a la calle a protestar, levantaban barricadas y cortaban carreteras; ahora, como mucho, ponen una banderita en facebook. Un fantasma recorre las redes sociales. Si parece que Berlusconi va hacia delante es porque el mundo marcha hacia atrás, derecho al siglo XIX.

En España no hace falta adelantar ni atrasar nada porque tenemos un presidente más quieto que un reloj parado: a fuerza de inmovilidad, de quedarse en su sitio y de cruzarse de brazos, Mariano ha acabado por dar la hora exacta dos veces al día. “Les voy a decir una cosa” anunció a la prensa la semana pasada, como si fuese a revelar un secreto de estado: “Yo me encuentro muy bien. Es importante saber lo que piensa mi partido, pero yo me encuentro muy bien. Creo que estoy en un buen momento de mi vida”. No le falta razón, puesto que el momento lleva durando una década.

A su antiguo mentor, Jose Mari, esto no le acaba de gustar ni un pelo -y en cuestión de pelos, cabelleras y bigotes, es toda una autoridad. Tal vez le duela rememorar que, cuando pudo hacer algo para afianzar su sucesión, fue él quien acabó eligiendo a Mariano entre los tres nombres subrayados en su cuaderno azul. Claro que, al observar las dos opciones que había al lado, tampoco es que la cosa fuese para tirar cohetes. Tanto buscar las armas de destrucción masiva y al final había escrito la fórmula él mismo a bolígrafo. “Yo no me he distanciado del PP” dice Jose Mari, “a lo mejor se ha distanciado el PP de mí”. Una afirmación que no sólo suena a canción de Pimpinela sino que recuerda poderosamente aquella disculpa genial de Charlton Heston, cuando le reprochaban cuánto había cambiado desde los tiempos en que iba al frente de los simpatizantes del Partido Demócrata en las manifestaciones por los derechos civiles: “Yo no he cambiado, hombre: el que ha cambiado es el Partido Demócrata”.

Una de las últimas veces que Berlusconi ilustró los periódicos con su cara recauchutada a golpe de bisturí fue cuando se hizo pública su condena por sobornar a un senador para fraguar la caída del gobierno de Romano Prodi. Le cayeron tres años de cárcel que no cumplió porque el delito había prescrito cual yogur pasado de fecha. También en este asunto de las corruptelas impunes Mariano le lleva bastante ventaja, ya que cuando la fiscalía descubrió que los papeles de Bárcenas eran, en efecto, de puño y letra de Bárcenas, y que el “M. Rajoy” que aparece allí cobrando espuertas mensuales de dinero negro era, en efecto, el presidente de todos lo españoles, las pesquisas caducaron a los cinco segundos, más rápido que la república independiente catalana.