Abogados de cabestros

La expresión “abogado del diablo” le va un poco grande a los leguleyos que han tomado a su cargo la defensa de los cinco acusados de violación a una muchacha durante los sanfermines del año pasado. Uno de los pocos que se mereció el título fue Jacques Vergés, el abogado francés que se hizo mundialmente célebre por defender a criminales imperdonables como Carlos “el Chacal”, el carnicero de los jemeres rojos Kieu Samphan o el oficial nazi Klaus Barbie. Era un abogado magnífico, no porque lograra la absolución de sus clientes, sino porque conseguía unas condenas estupendas, generalmente cadena perpetua. Su especialidad eran las maniobras circenses y los argumentos de patas de banco, bien negándose a reconocer al tribunal, bien razonando que lo que hizo un asesino en un campo de concentración lo hizo también mucha otra gente, en especial los belgas en el Congo. A la vista de sus éxitos, Slobodan Milosevic declinó amablemente sus servicios. Una vez le preguntaron si habría defendido a Hitler y dijo que incluso hubiera defendido a Bush, aunque no especificó si al padre o al hijo.

No, el diablo es un comodín demasiado ostentoso para aplicarlo en este caso. Más bien, contemplando en perspectiva la bestialidad que cometieron y el apelativo con que se denominan a sí mismos, habría que hablar de abogados de cabestros. Nada que objetar, puesto que todo el mundo -incluso una infanta- tiene derecho a una defensa justa. Ahora bien, escuchando los argumentos con que intentan mantener la fantasía de que una muchacha sola y embriagada conviniera en practicar sexo en grupo junto a cinco borrachuzos, da la impresión de que a La Manada le habría ido mucho mejor con Jacques Vergés. “No se ve asco, ni dolor, ni sufrimiento” dijo uno de los picapleitos, un auténtico experto en expresión corporal. “Son buenos hijos” añadió, teniendo en cuenta que, hasta el momento, ninguna de sus madres los ha acusado de abusos, golpes o maltratos. Habría que ver si hubieran empleado esta misma línea de argumentación si la víctima hubiese sido, por ejemplo, una infanta.

Al parecer, el problema es que, durante esos escalofriantes y breves videos que grabaron los propios acusados con sus móviles, la víctima no chilló, ni se resistió, ni arañó, ni dijo no. Probablemente, de haberse atrevido a hacerlo -entre cinco tíos que se la iban pasando de mano en mano y de polla en polla- le habrían añadido el agravante de sobreactuación. Es el que han añadido al observar que la muchacha, meses después de la agresión, mostraba una conducta sexual de lo más sospechosa, haciendo tríos incluso con mujeres. El hecho de que una mujer tenga los ojos cerrados durante una violación es, para ellos, un síntoma de disfrute: pura necrofilia, lo cual dice bastante más de las preferencias sexuales de los abogados que de la víctima. Me recuerda aquella anécdota que me contó un buen amigo mío, cuando a su mujer, que por entonces trabajaba en un centro de educación especial, un sujeto de ventitantos años le pidió: “Hazte la muertita”. Hay que decir, en descargo del sujeto, que sufría una discapacidad mental.

En fin, o mucho me equivoco, o más le habría valido a La Manada declararse culpable en bloque y aceptar una condena menor en lugar de intentar seguir echando mierda a base de insinuaciones sobre la alegre y despreocupada existencia de su víctima. A la que, además, le robaron el móvil nada más terminar, no fuese a compartir la experiencia en facebook. En cuanto a los abogados, a fuerza de arar el mar, están dejando por los suelos a la profesión. La mayoría no son así, desde luego, pero estos días han vuelto a poner de moda aquel viejo chiste en que alguien preguntaba cómo saber si la mancha de sangre en una carretera era de un abogado o de una rata. Fácil, si es una rata hay huellas de frenazos.