Lenin en taxi

La huelga de taxis del miércoles resultó un éxito tan completo que al día siguiente, jueves, Cabify anunciaba un sustancial aumento en la totalidad de sus tarifas. Quod erat demostrandum. Pueden poner todos los peros que quieran y adornar el debate con la casuística y los detalles que les dé la gana, pero en lo esencial la lucha de los taxistas contra la competencia desleal de Uber y Cabify es básicamente la misma que la que mantenemos el gremio de plumíferos contra plataformas de negreros como el Huffington Post. Donde no pagan a sus colaboradores más que con “visibilidad”, una moneda de ficción que, como advertía en su día Javier Pérez de Albéniz, no sirve de mucho a la hora de comprar el pan o pagar la calefacción. Pero a ustedes qué más les dará, si todo lo que leen es gratis.

El todo gratis -que empieza por el casi gratis- es sólo una pequeña parte del iceberg. Problemas de seguridad, licencia, certificados e impuestos aparte (sin ir más lejos, hace un mes el ayuntamiento de Londres prohibió los vehículos de Uber), estas compañías y muchas otras que operan desde internet funcionan con el mismo modelo de negocio: haciendo recaer los seguros sociales y las responsabilidades laborales directamente sobre el lomo del trabajador, que, de este modo, se va transformando en un esclavo obediente a juego con esa entelequia denominada ley del mercado. Una de las muchas razones por las que muchos usuarios se decantan por estos corsarios del transporte público es la amabilidad de sus conductores: la sonrisa va incluida en el servicio, aparte de la botella de agua y lo que sea menester, bwana. Contra esa alegría falsificada no pueden competir ni el ceño fruncido ni la genuina mala leche de la que habitualmente hacen gala los taxistas después de seis horas de atascos callejeros.

En plena resaca por el centenario de la Revolución Soviética -que ha formado un estruendo tan fenomenal que, como apuntaba Cortázar, empieza a parecerse al silencio-, habrá que recordar que, en cuestiones de transporte público, Lenin prefería el tren, más que nada porque el taxi todavía no estaba inventado. Es lamentable constatar que la lucha revolucionaria se reduzca, cien años después del Octubre Rojo, a intentar no perder los privilegios conquistados a fuerza de sudor y sangre en más de un siglo de reivindicaciones obreras. El derecho a un día de descanso, el derecho a una jornada laboral de ocho horas, el derecho a la seguridad social, el derecho a unas vacaciones pagadas, el derecho a ponerse enfermo. Últimamente, no obstante, el frente se ha escurrido todavía más: el derecho a trabajar. Como sea y donde sea. Punto.

Acabo de leer una novela que me ha revuelto las tripas porque, entre otras muchas cosas, habla del momento en que los amos del cotarro decidieron que la esclavitud era un negocio pésimo y que sus beneficios podían multiplicarse obligando a que los esclavos tuvieran que hacerse cargo de sus propios gastos de manutención y alojamiento. Es el modelo del que disfrutamos desde entonces, se llama “libertad” y consiste en que el mismo esclavo que se deslomaba en las plantaciones del sur tuviera que ir a deslomarse a las fábricas del norte, con un salario de mierda y pagándose la cama y la comida de su propio bolsillo. El libro se llama Mala hoja, de Alfonso Mateo-Sagasta, y explora, en la amena conversación entre dos empresarios en Cuba, en 1874, los cimientos con que se han construido tantas fortunas. Hay, por ejemplo, una escena pavorosa en la que don Julio, un reputado negrero, narra con todo detalle cómo se libró de la persecución de un navío inglés sacando a todos los esclavos negros de la bodegas, encadenándolos al ancla y arrojándolos en alta mar. A mí esta anécdota me sonó tristemente contemporánea. Que el comunismo no sea la solución no quiere decir que el capitalismo no siga siendo el problema.