Mujeres por la cara

Selma Hayek publicó el miércoles un artículo en The New York Times donde contaba el infierno que sufrió bajo la sombra amenazadora de Harvey Weinstein. Aparte de las provocaciones, los intentos de abusos y las amenazas de muerte, una de las muchas humillaciones que tuvo que soportar fue la presión porque el mostrenco jefe de Miramax no quería que Hayek interpretara a Frida Kahlo tal como era, es decir, coja y con una sola ceja. Weinstein prefería que la pintora mexicana apareciera bailando medio desnuda con una pitón enredada en el torso, al estilo de la vampira de Abierto hasta el amanecer.

En cualquier periódico, en cualquier diario digital, en cualquier revista, en cualquier programa de televisión sucede lo mismo. A raíz de una noticia relacionada con una mujer -una hazaña deportiva, un descubrimiento científico, un caso de acoso sexual, la publicación de un libro-, se comenta más o menos de pasada la lucha inmemorial que mantienen las mujeres para que las valoren por algo más que sus atributos físicos, se habla de los prejuicios seculares que deben vencer a la hora de ser valoradas en su trabajo, etc. Y al lado, inevitablemente, un anuncio de perfume con un pibón despampanante, un enlace a las poses más provocativas de una actriz o, directamente, una toma al escote himaláyico de la presentadora.

Es un atavismo cultural nada fácil de superar, confieso que yo también he tropezado en él más de una vez y he caído de bruces. Hace tiempo que corre como la pólvora una añeja entrevista de 1975 a una joven Helen Mirren en la que el periodista le pregunta si el tamaño de sus senos constituye un obstáculo para que el público tomara en serio su trabajo como actriz. La respuesta ya la daba él mismo. Era una especie de reajuste de aquel viejo chiste de Groucho, cuando dijo que nunca iba a ver a una película donde el pecho del héroe fuese mayor que el de la heroína. Desde que Schwarzenegger, Stallone y otros muebles humanos exhiben los pectorales en la pantalla a la mínima oportunidad, el prejuicio de Groucho ha dejado de ser válido.

Chistes aparte, lo cierto es que las mujeres siempre han tenido problemas -por decirlo suavemente- para que las valoren por cualquier detalle que vaya más allá de su fisonomía. Incluso en la ficción, desde los tiempos de Helena de Troya, cuesta bastante encontrar protagonistas femeninas que no destaquen básicamente por su juventud y su belleza. La mitología griega, uno de los pilares fundamentales de la civilización occidental, es una auténtico criadero de abusos, palizas y torturas donde las mujeres siempre se llevan la peor parte -excepto en el caso de diosas vengativas. La literatura ha usado y abusado del tópico de la doncella deslumbrante, de Beatrice a Lolita, de Julieta a Madame Bovary, de Naná a Eula Varner. Por una Mike Hooligan (la desgarbada policía con sobrepeso que protagoniza Tren nocturno de Martin Amis) hay docenas de Alejandras, de Cleas, de Remedios la Bella, de Kareninas y de rubias chandlerianas cuyo tronío compite descaradamente con el de un Rolls Royce.

En el cine las cosas no son mucho mejor, sino más bien todo lo contrario. Si Hollywood ha sido una fábrica de sueños, se ha especializado ante todo en fantasías eróticas, con elencos repletos de Avas, Marilyns, Sofías, Kims, Ritas y Claudias. Al resto de las cinematografías no le va mucho mejor. Y en los raros casos en que los productores se deciden por una protagonista repulsiva desde el título –Monster, que narra la odisea criminal de Aileen Wuornos-, prefieren apostar por una hermosura apabullante como Charlize Theron y cargarla de prótesis de látex, quizá para que los espectadores no olviden que una mujer fea no tiene la menor oportunidad incluso a la hora de interpretar a una mujer fea.