Opinion · Punto de Fisión

Realidad y realeza

Como el pavo, como el cochinillo, como todo plato fuerte que se precie, el discurso navideño del rey precisa de unos aperitivos, de unos entrantes que preparen estómago y paladar para la marejada de calorías que se avecina. Este año, el encargado de acondicionar al pueblo español ha sido, muy a su pesar, Xavi Hernández, un centrocampista genial reconvertido en cuñado suplente, que es la figura en que suelen acabar los futbolistas cuando se ponen a opinar más allá de los pies. “Mi país no es Catar” dijo Xavi para no mojarse mucho. “Es cierto que no hay un régimen democrático, pero la gente es feliz, están encantados con la familia real, llevan sus fotografías en el coche, les dan un sueldo por ser de allí, cuidan de sus ciudadanos”.

No le falta razón al centrocampista, ya que lo que dice es cierto, siempre y cuando se entienda que el sintagma “la gente” se refiere exclusivamente a millonarios, porque los neoesclavos de la albañilería catarí cobran sueldos de mierda, viven en condiciones infrahumanas y trabajan en jornadas extenuantes de más de doce horas. Sí, debe de referirse a los neojeques, ya que los curritos de la construcción que se mataban al ritmo de uno diario para terminar a tiempo los estadios del Mundial de Fútbol difícilmente podrían comprarse ni siquiera una foto de la familia real, no digamos ya un coche. De los homosexuales encarcelados, las penas de muerte por adulterio, los castigos por flagelación, los sindicatos estrictamente prohibidos, los abusos a trabajadores domésticos, la absoluta falta de libertad de prensa y los disidentes condenados a cadena perpetua, Xavi prefirió no opinar nada, quizá para no dar ideas al estado opresor español o a la futura república catalana. Está claro que su país no es Catar sino más bien Pijolandia.

Esta sutil distinción entre la realidad y la realeza es lo que hace que cada año el discurso navideño de su majestad borbónica esté cuajado de sorpresas. Lo escucho siempre con curiosidad, con paciencia, con resignación, más que nada porque en ese momento íntimo, entre las croquetas y el jamón, en la televisión no ponen otra cosa. Aquí, como en Catar, estamos tan encantados con la familia real que los tenemos hasta en la sopa.

Felipe VI habló, como siempre, de lo bien que marcha todo en ese reino de cuento de hadas donde habitan él, su mujer, su familia, sus cortesanos y los afortunados del Ibex. Un país alternativo donde el dinero se invierte en educación y sanidad, el progreso y la justicia van de la mano, la economía y el empleo han crecido sustancialmente, y la reina Letizia se ha gastado únicamente este año, como advierte un semanario de moda, 130.000 euros en trapitos. Tal vez sea éste el párrafo que mejor expresa su actitud ante uno de los más acuciantes problemas de los españoles: “La corrupción se mantiene también como una de las principales preocupaciones de la sociedad, que demanda que sigan tomándose las medidas necesarias para su completa erradicación y que los ciudadanos puedan confiar plenamente en la correcta administración del dinero público”. La construcción gramatical resulta tan diáfana que bien podía haberse la palabrería posterior a las primeras cuatro palabras y dejar la frase tal cual: “La corrupción se mantiene”.

De Cataluña no habló mucho y lo hizo en un tono bastante más comedido que en su incendiario monólogo del 3 de octubre, pero de Suiza, eso sí, no ha dicho una palabra. Hay otros mundos pero están en éste. El año que viene, más.