Opinion · Punto de Fisión

Weinstein in love

Nos guste poco o nada, el personaje clave del pasado año ha sido Harvey Weinstein. Gracias al testimonio de unas cuantas mujeres valientes (empezando por la actriz Ashley Judd), el mundo ha descubierto lo que se cocinaba detrás o debajo o al fondo de una de las mayores productoras de Hollywood. En un libro publicado más de una década atrás (Sexo, mentiras y Hollywood), Peter Biskind ya había puesto al descubierto el entramado de chantajes, groserías, chanchullos, infamias y brutalidades con que los dos hermanos Weinstein alzaron un imperio cinematográfico desde unos humildes y zarrapatrosos comienzos. No fue la menor de sus hazañas conseguir que bodrios certificados como El paciente inglés o memeces incomparables como Chocolat se convirtieran en increíbles éxitos de taquilla. Incluso que la más apestosa de todas, la ridícula Shakespeare in Love, arrasara en los Oscars.

Seguramente Biskind, como mucha otra gente, había oído hablar de los peculiares ceremoniales de cortejo de Harvey Weinstein, pero no podía arriesgarse a publicar nada sólo con la evidencia de rumores y habladurías. El irascible generalísimo de Miramax ya había destrozado suficientes carreras de cineastas, actores y periodistas como para atreverse siquiera a hacer una insinuación. Incluso directores tan poderosos como Scorsese, Bertolucci o Ivory no sólo perdieron el pulso con la productora sino que salieron de la relación perjudicados moral, artística y monetariamente. Weinstein se creía capaz de enseñarle al progenitor de Taxi Driver cómo tenía que dirigir Gangs of New York, con el resultado de que lo que podía haber sido el protoplasma histórico de Uno de los nuestros se quedó en una tortilla de patatas.

Sin embargo, este año unas cuantas actrices, secretarias y trabajadoras de la industria se atrevieron a revelar lo que ya era un secreto a voces: la trastienda de abusos, tocamientos y violaciones que sostenía el tinglado de Miramax. Que este botarate chillón y priápico acumule en su carrrera más de 80 Oscars y casi 350 nominaciones da una idea del poder al que tuvieron que enfrentarse y del maremoto de silencio con que se habían ocultado en su día los sucesivos escándalos: a base de indemnizaciones, sobornos y amenazas. La asombrosa revelación destapó una cloaca inmunda en los cimientos mismos de la industria del cine con un chorro de mierda que salpicaba, de paso, a unos cuantos individuos de similar o parecida calaña: Kevin Spacey, Brett Ratner, James Toback, Louis C. K., Steven Seagal.

Con todo, la enseñanza fundamental que se puede extraer de esta triste historia no es que la fábrica de sueños camufle en sus calderas una factoría de pesadillas, sino que la asimetría esencial en una situación de poder suele degenerar en un abuso de poder donde quienes salen damnificados, casi siempre, son las mujeres. Gracias a un interminable reguero de denuncias colaterales, el pasado año la industria del cine nos ha demostrado que la estructura patriarcal sigue funcionando a tope en cualquier ámbito laboral, ya sea periodístico, admnistrativo, político, culinario, médico, editorial o doméstico. Es el mundo entero lo que se ha weinstinizado. Lo sabíamos, claro, pero preferíamos mirar hacia otro lado, como los Tarantinos aupados en brazos de la fama, y han tenido que ser las mujeres quienes dieran la cara. El mismo Calibán desencadenado que se atrevió a aventurar, con poco juicio y vergüenza ninguna, que detrás de la historia de amor inmortal de Romeo y Julieta podía estar la mano de una mujer ha sido destruido por esa misma mano.