Opinion · Punto de Fisión

Mujeres y máquinas

Dos de las noticias más significativas del año pasado en el ámbito deportivo trascienden notablemente el ámbito deportivo, lo cual es uno de los máximos al que debe aspirar cualquier deporte. Sin embargo, como ambas se refieren al ajedrez, y además en una de ellas la protagonista es una mujer, tampoco tenían muchas oportunidades. Cristiano Ronaldo montando en patinete o Messi rellenando una quiniela pueden copar portadas incluso de suplementos financieros, pero una mujer enseñando algo más que las tetas siempre resulta incómoda. No digamos impartiendo una lección de dignidad a futbolistas, tenistas y machotes en general.

Cronológicamente, la primera noticia fue la derrota de Stockfish 8, uno de los programas de ajedrez más avanzados del mundo, a manos de AlphaGo Zero, una red neuronal artificial desarrollada por Google Mind. El marcador fue asombroso: 64-36, es decir, 100 partidas jugadas, 28 victorias para AlphaGo Zero (3 con negras) y ni una sola para Stockfish 8, que sólo pudo limitarse a hacer tablas. En cuestiones de Inteligencia Artificial aplicada al ajedrez significa que acabamos de traspasar la barrera del sonido. Pero en un mundo, el de las 64 casillas, donde los ordenadores hace tiempo que impusieron su superioridad sobre los humanos (el ELO de uno de estos bicharracos electrónicos ronda los 3.400 puntos mientras que el campeón actual, Magnus Carlsen, anda por los 2.800), la noticia ha supuesto una auténtica revolución copernicana. Lo asombroso es que AlphaGo Zero venía virgen a la batalla, sin haber aprendido más que las reglas básicas del ajedrez y tras una sesión de autoaprendizaje de cuatro horas.

De nada le han servido a Stockfish 8 su monstruosa base de datos, su fantástico repertorio de aperturas y su casi ilimitado archivo de posiciones y partidas. Más bien le han servido de lastre, porque una de las cosas que ha demostrado AlphaGo Zero es que, en cuestiones de ajedrez, los seres humanos no tenemos ni puta idea. Y no se trata de una cuestión de capacidad de cálculo, ya que el algoritmo de Stockfish 8 es capaz de analizar 70 millones de posiciones por segundo, mientras que el de AlphaGo Zero (llamado “Montecarlo”) sólo analiza ochenta mil. Con sus incomprensibles sacrificios de peón, sus impetuosos movimientos de dama, y su forma de arrinconar y restringir el juego del adversario, la red neuronal artificial ha rebatido muchas de las reglas sagradas del ajedrez. Pero lo más importante es que lo ha hecho ella solita, después de jugar contra sí misma un montón de partidas y preguntarse cuál es la mejor forma de jugar.

Ha sido toda una lección de humildad: cuando creíamos que ya lo sabíamos todo sobre el ajedrez, de Morphy a Capablanca y de Alekhine a Karpov, llega una pequeña red neuronal y nos dice que miremos las cosas de otra manera, que no hay que tener miedo de sacar la dama en seguida o de exponer al rey. Esta lección de perspectiva sobre el deporte de las 64 casillas se repitió la semana pasada con la negativa de la campeona mundial de ajedrez, la ucraniana Anna Muzychuk, a defender su título en el Mundial de Ajedrez celebrado en Arabia Saudí.

Hay que reconocer que la idea de celebrar un campeonato mundial femenino de partidas relámpago en un país donde tratan a las mujeres como animales de compañía sólo puede venir de los directivos de esas federaciones deportivas que deciden celebrar una Copa de Fútbol en Qatar o arrebatarle la corona mundial a Bobby Fischer. Muzychuk se niega a jugar en un país donde una mujer no puede viajar sola, ni pasear por la calle sin ir acompañada por un hombre, ni probarse ropa en una tienda, ni abrir una cuenta corriente sin permiso de un varón. “Estoy dispuesta a defender mis principios y saltarme el evento, donde en cinco días esperaba ganar más de lo que consigo en 12 torneos juntos” ha dicho Muzychuk. “Todo eso es molesto, pero lo más molesto es que a nadie le importa”.

El ajedrez es una de las pocas disciplinas donde, desde hace bien poco, no existe la discriminación por géneros, edad o raza, puesto que el único impedimento para que cualquiera pueda disputar un torneo es su puntuación ELO, es decir, su nivel ajedrecístico. Actualmente hay muy pocas jugadoras entre la élite mundial, formada casi exclusivamente por hombres, pero parece que esto tiene mucho que ver con presiones ambientales y educativas y muy poco con factores genéticos. Aquí las únicas discriminadas, y con razón, son las máquinas. Con su inesperado sacrificio, Anna Muzychuk ha demostrado, al igual que AlphaGo Zero, que pensar mejor consiste en pensar de otra manera y que hay ocasiones en que un abandono es una victoria.