Opinion · Punto de Fisión

El auténtico Rey Mago: emérito y borbón

Un año más, como siempre, la polémica acompaña a Carmena por su reiterada manía de abrir la mano en la celebración de la Cabalgata de Reyes. José Martínez Almeida, el portavoz del PP en el Ayuntamiento de Madrid, declaró abierta la veda al advertir que la inclusión de una drag queen en una de las numerosas carrozas desnaturalizaba el espíritu navideño. Al parecer el cupo de drags queens en la iglesia católica quedó completo con el vestido de faralaes del obispo Cañizares. “El Día de Reyes” añadió el portavoz, ya al borde del auto de fe, “se ha de respetar como se respetaría cualquier festividad de otra religión”. Lástima que no especificara si se refiere a la fe católica, a la de los Pitufos, a la del Pato Donald o a la de Darth Vader, que son personajes que a menudo se cuelan en estos desfiles y lanzan caramelos a los niños en nombre del Reverso Tenebroso o del Tío Gilito. Un día de Reyes hasta apareció Gallardón tiznado de betún y no había manera de saber si estaba interpretando al príncipe de Bel Air con lepra o al rey Baltasar con ictericia.

Este sincretismo de cultos y tradiciones suele provocar errores aparatosos, como en aquella gloriosa ocasión en que el historiador espontáneo Álvaro Ojeda saludó a señor renacentista encaramado a una carroza al grito de “¡Hola, Colón!”, y el otro le corrigió a voces: “¡Soy Copérnico!” Suerte tuvo de que Ojeda no lo confundiera con la sota de bastos. Defensor a capa y espada del sistema ptolemaico, el PP y sus cofrades sólo aceptan a los homosexuales un día al año, las drags queens los fines de semana y las putas en volquetes. Con tanto desorden y tanta peluca de colores, no es de extrañar que hasta los críos anden hechos un lío y no acierten ni el sexo, ni la raza, ni el estado civil, ni los papeles de residente. De haber nacido el niño Jesús en territorio español uno de estos días, me lo devuelven a Oriente Medio entre salvas de pelotas de goma.

En cualquier caso, la polémica está de más puesto que todo el mundo sabe que en España no hay más que un Rey Mago auténtico y certificado, Juan Carlos I, que para algo nació el 5 de enero, aprovechando a fondo la festividad y la rima. Son bien obvias las diferencias entre aquel triste trío de astrólogos orientales guiados por una estrella Michelín y el monarca emérito, aunque no estará de más recordarlas. En primer lugar, Gaspar, Melchor y Baltasar son seres de ficción mientras que nuestro borbón es real por los cuatro costados: el físico, el ontológico, el monárquico y el monetario. En segundo lugar, los tres Reyes Magos traían regalos y el rey emérito se los lleva todos puestos. En tercer lugar, Gaspar, Melchor y Baltasar viajaban a paso de camello, con lo cual ni se sabe la de meses que se tiraron para llegar a Galilea, mientras que en mismo lapso de tiempo el borbón puede dar varias veces la vuelta al mundo de restaurante en restaurante, de yate en yate y de jolgorio en jolgorio.

Los gastos de estos viajes son estrictamente incalculables, ya que el gobierno se ha negado de plano a enseñar las facturas, no vaya a ser que tampoco se entiendan. No está muy claro que los tres Reyes Magos fueran reyes ni magos, pero no cabe ninguna duda de que el rey emérito hace verdadera magia con los periódicos, con la Constitución, con la Transición, con las intentonas golpistas, con los Albertos, con los secretarios, con los generales de división y con los yernos. Además, sigue siendo el monarca cuántico por antonomasia puesto que ningún científico ha podido determinar a ciencia cierta los detalles de su órbita sentimental, pecuniaria o geográfica. A pesar de que abdicó años atrás, no sólo sigue siendo el rey, como en aquella ranchera cuya letra parece profética, sino que los españoles todavía nos lo creemos.