Opinion · Punto de Fisión

Rato, la burra y la posmentira

Gracias a Donald Trump 2017 fue el año de la posverdad y gracias a Rodrigo Rato 2018 podría ser el año de la posmentira. Los especialistas todavía no están muy seguros de poder distinguir entre ambas categorías de trola, pero Rato va a arrojar -como dicen los cursis y los electricistas- luz sobre el asunto. Después de escuchar su monólogo cómico en el Congreso de los Diputados, podría decirse que la posverdad es un embuste que se disfraza de verdad mientras que la posmentira es una burra que se disfraza de Princesa Leia.

En efecto, la burra que quiere vender Rato es una conspiración de proporciones cosmológicas donde el Banco de España, la Audiencia Nacional, Luis de Guindos, Cristóbal Montoro, los peritos e inspectores financieros, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y el gobierno de Mariano Rajoy, entre otros muchos agentes y accidentes, contribuyeron a su caída. Uno tras otro -Guindos, Zapatero, Mariano, Montoro, los malvados jueces y hasta los conserjes de Bankia- lo apuñalaron repetidamente por la espalda. Decía Paulo Coelho en una de sus infalibles memeces que el universo conspira para hacernos felices, excepto en el caso de Rato, donde conspira para joderlo vivo.

Lo más curioso es que, como señaló el portavoz de Ciudadanos Antonio Roldán, si lo que sostiene Rato era cierto, a lo mejor lo que quería decir en realidad es que el Parlamento y el Tribunal Constitucional están podridos desde que se fundaron. En su respuesta, enunciada con su chulería habitual, Rato fue todavía más lejos: “¿De verdad cree que los partidos políticos han estado saqueando el sistema financiero español? Pues denuncíelo”. Fue uno de esos tensos momentos en que al juego democrático se le saltan las costuras y se le ven las bragas, igual que esos combates amañados de lucha libre donde, entre costalazo y costalazo, uno de los adversarios -más bien los dos- podrían hacerse mucha pupa. Entre la posverdad y la posmentira aparecía la evidencia en pelotas.

“Nunca he tenido dinero en el extranjero” dijo Rato en una frase que parece el comienzo de una novela existencialista. La concluyó con un golpe de realismo social digno de Galdós: “Lo que sucede es que me fui a trabajar fuera de España y tuve dinero fuera del país”. Fuera de España y fuera del país, como si fuesen conceptos distintos, como si hubiese ido a Bélgica a prepararle a Puigdemont una casilla de salida. Hay tanta literatura y tantas anomalías en esas dos aseveraciones que casi se nos escapa lo mejor: Rato se fue a trabajar al extranjero, como un investigador centrifugado que acaba de perder el puesto de camarero. Se fue a dirigir el FMI y dejó el listón tan alto que casi lo sustituye Harvey Weinstein.

La interminable lista de posmentiras de Rato se extendió sobre la burbuja inmobiliaria, las tarjetas Black, los delitos que en realidad eran errores, los errores que en realidad eran delitos, la falta de previsión sobre la crisis económica y la imprevisibilidad de esa misma crisis económica. Por último concluyó que la culpa no fue ni de las agencias de rating ni del Banco de España: “Sencillamente todo estaba bien”, dijo. También podía haber dicho que Rodrigo Rato, por aquel entonces, no existía, que era un Rodrigo Rato de plasma o un Rodrigo Rato de cartón como el que usa ahora el jefe de la junta militar de Tailandia para responder a la prensa. Entre tanta posmentira, soltó una posverdad de libro cuando se quejó de la ingratitud de una formación política a la que ha servido fielmente durante tres décadas y que finalmente decidió quitárselo de encima como quien se amputa un brazo gangrenado. Nadie le contestó sinceramente: no es nada personal, sólo negocios. Quizá porque ni eso se merecía.