Trump ha venido para quedarse

David Torres

Tras su primer año de mandato, Donald Trump se complace en seguir rebatiendo todos los pronósticos y vaticinios que lo señalaban como flor de un día. Los periódicos, las radios y las cadenas televisivas se los arrojan a diario como anclas al cuello, pero Trump los usa de bufanda, cuando no de serpentinas y matasuegras para celebrar el paso de su caravana. Al principio dijeron que su carrera política iba a terminar en un ridículo espantoso, luego que no podría enfrentarse al aparato del partido republicano, después que Clinton lo iba a machacar en las presidenciales, por último que no llegaría a cumplir un solo año en la Casa Blanca antes de que lo impugnaran o lo desalojasen mediante procedimientos más expeditivos. A estas alturas, uno se imagina los consejos de redacción de The New York Times poniéndole unas velas negras o a los directivos de la CNN lanzándole una maldición gitana.

Por otra parte, Trump también ha decepcionado a los apocalípticos que esperaban el advenimiento de una guerra nuclear y a los optimistas que contaban con un giro definitivo a la izquierda entre los demócratas tras el desastre del diunvirato Clinton. Todo sigue más o menos igual, como una nueva temporada de House of Cards en la que cambia el inquilino presidencial pero no la agenda política. Los amos del cotarro, los que manejan los hilos, han leído muy bien a Lampedusa: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. De ahí que Obama fuese únicamente la continuación de Bush por otros medios y Trump la continuación de Obama relevando sólo al peluquero. El premio Nobel en diferido y en forma de simulación no sólo no arregló la catástrofe de Irak, sino que la extendió a Siria, dejó Libia hecha unos zorros, reventó Honduras y deportó en su doble legislatura más inmigrantes que ninguno de sus antecesores en el cargo. Para hacerse una idea del escaso margen de maniobra con que cuenta un presidente norteamericano -a pesar de sus teóricamente infinitas prerrogativas de poder- baste señalar que Obama ni siquiera pudo cumplir en ocho años su promesa de cerrar Guantánamo.

Las diferencias, sin embargo, parecen abismales únicamente porque Trump se atreve a decir (más bien a cacarear) cualquier tropelía, cualquier barbaridad a la vista, y a jactarse de ella a voces en lugar de ocultarla tras las cortinas de la diplomacia. Amenaza a su colega norcoreano con una bravata de colegio, chillando que él tiene el clítoris más gordo; o bien asegura que el muro que va a construir en la frontera lo pagarán los mexicanos. Esa obscenidad es precisamente la que lo hace irresistible, repulsivo y fascinante a la vez, puesto que saca a la luz los deseos, temores y traumas inconscientes de buena parte de los estadounidenses. Es el villano de la película, un Jota Erre con el sombrero tejano trasplantado en la frente, el malo de un reality que ha escapado de la televisión y ha usurpado el mundo. En cierto modo, Trump funciona como el Ello de la psique colectiva de EE UU, encarnando una demencial fantasía de poder en la que el botón rojo del holocausto atómico se mezcla con la inconfesable lección de que a las mujeres hay que agarrarlas del coño.

En realidad el personaje no debería sorprendernos ya que lo habíamos visto prefigurado en la desfachatez de Berlusconi y de Jesús Gil, dos embriones europeos que le marcaron el camino. Cuando esta misma semana dijo que prefería que vinieran noruegos y que no dejaría entrar a gente procedente de “esos países de mierda”, su discurso no hacía más que verbalizar la política migratoria de la Unión Europea. ¿Cómo va a asustarse porque le saquen los trapos sucios de un lío con una actriz sueca o que lo amenacen con la grabación de un video con lluvia dorada entre un montón de putas rusas? Como Anteo, el descomunal gigante al que se enfrentó Hércules y que tomaba su fuerza del contacto con la tierra, Trump se alimenta del barro y la mugre que le echan encima. Cada escándalo significa para él una medalla. Lo que tampoco le importa lo más mínimo es que los noruegos no piensen en emigrar a Estados Unidos ni borrachos porque, como dice Jim Goad, para un noruego ése sí que es un país de mierda.