Opinion · Punto de Fisión

La invasión de los ladrones peperos

Mientras declaraba ante la Audiencia Nacional, Ricardo Costa mantenía las dos manos pegadas a la mesa y al extremo de las manos destacaba un objeto atado a cada muñeca: un reloj grande como una pantalla de plasma en la derecha y una cinta con los colores de la bandera española en la izquierda. Un pintor renacentista hubiese hecho virguerías con esos detalles, desde la década larga que le ha llevado decidirse a confesar hasta el amor irresistible por su país, combinándolo todo en un lienzo alegórico que podría titularse así: “El tiempo y la patria”. La patria son los amigos, dijo una vez Bryce Echenique, y Camps le corrigió: “Los amiguitos del alma”. Pero nada es para siempre, el tiempo desmorona pirámides, liquida naciones y marchita amistades.

Ocurre, sin embargo, que Camps tiene motivos para sospechar que Ricardo Costa, el que declara en el juicio, no es el mismo Ricardo Costa con el que se lo pasaba en grande en los mitines de campaña. No sólo Camps, sino un inmenso contigente de la población española está convencida de que el PP en bloque ha sido abducido por una plaga extraterrestre, un virus del espacio exterior que está haciendo desaparecer a los políticos honestos de toda la vida para reemplazarlos por unos vulgares mangantes de tres al cuarto. La clonación se produce de repente, sede a sede, despacho a despacho. Repasemos el proceso.

Una noche aparece una enorme vaina de habichuelas en el garaje de Ana Mato y, a la mañana siguiente, sin que nadie sepa cómo, han brotado un deportivo flamante, fiestas de cumpleaños pagadas y billetes de avión a puñados. Habichuela en la cama del ministro Soria y, a la mañana siguiente, le salen unas cuentas opacas en Panamá. Habichuela en casa del presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, y, a la mañana siguiente, una empresa en Delaware y un ático ilegal en Estepona. Habichuela en la calva de Rato y, de madrugada, visita a una peluquería de urgencias para una depilación de patillas brasileñas. El cuento es largo y me llevaría una novela entera detallarlo al completo, pero es posible que empezara con Matas, ya que donde no hay mata, no hay patata.

Lo increíble de esta historia es que Matas, Rato, González, Soria, Mato y las docenas de ejemplares reemplazados son virtualmente idénticos a los Matas, Rato, González, Soria, etc. anteriores a la invasión de habichuelas nocivas. Incluso cabe la sospecha de que las habichuelas crezcan en unos apuntes misteriosos que custodiaba el tesorero del PP, Luis Bárcenas, un cuaderno en el que salen anotados los nombres de los clones preparados para sustituir a los cuadros originales del PP. Hasta había un “M. Rajoy” que recogía sobres en nombre del otro M. Rajoy, que más inocente no puede ser el hombre. Bárcenas es el caso más extraño porque primero fue abducido y luego los extraterrestres devolvieron el casco. Hay expertos en ufología que sostienen que se trató de un momentáneo ataque de honradez mientras que otros creen que el rapto de esquizofrenia pudo deberse a que una habichuela gigante se presentó en su casa vestida de cura y con una escopeta vieja.

En efecto, una verdadera legión de extraterrestres está carcomiendo de arriba abajo el aparato del partido. Todo está podrido salvo alguna cosa. La desconfianza ha invadido al PP como aquellos poblados estadounidenses donde el vecino desconfiaba del vecino, sospechando que en la casa de al lado podía ocultarse un alienígena. O peor, un comunista. O peor, un hombre honrado. Ahora Camps no da crédito al hecho de que su mano derecha le haya vendido ante la justicia. “Cuando te dan una orden que crees que es ilegal” dice Camps, “puedes no cumplirla, ir a la fiscalía o dimitir”. También puedes obedecerla, embolsarte la comisión y aguardar un decenio para cantar La Traviata. Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano derecha. En el PP, ya se sabe, la mano derecha manda y la mano izquierda está para lucir de adorno la banderita de España.