Opinion · Punto de Fisión

Little Big Nicolás

Con el Pequeño Nicolás hay que andarse con mucho ojo, porque es uno de esos personajes que crecen o decrecen según dónde se coloca y al lado de quién se pone. Cuando se erguía al lado de Esperanza Aguirre, le salía estatura de concejal del PP, de Consejero de Justicia, o incluso de Presidente de la Comunidad de Madrid, aunque calibrando cómo han acabado muchos de los titulares de esos cargos, es posible que fueran ellos quienes se pusieran a la suya. Hay varias fotos de Nicolás sentado a la izquierda de Aznar (a la derecha de Aznar no puede sentarse ni un átomo) en las que se lo ve muy tranquilo, absorbiendo la sabiduría y la prestancia del líder mundial, el cual las absorbió a su vez durante una visita a los Estados Unidos mediante el procedimiento de colocar los pies en la misma mesa que Bush J. para que el Eje del Bien no se desequilibrara.

Cuando le trincaron con las manos en la masa, la primera línea de defensa del Pequeño Nicolás fue amenazar con tirar de la manta, que no sabían con quién se jugaban los cuartos, y la última línea de defensa ha sido revelar que en realidad está mal de la cabeza. Muy español todo, pero la verdad es que ambas estrategias no son incompatibles, sino más bien complementarias. La jueza se preguntaba cómo es que un chaval de 20 años pudo haber llegado hasta ahí arriba -a estrecharle la mano al rey Felpe el día de su coronación, a intentar estafar a los Pujol, a codearse con Mayor Oreja y con el presidente de la Confederación Empresarial de Madrid- sin ningún contacto previo, estilo picaresca, con el mismo gracejo que Tony Leblanc fingiendo ser comisario en un restaurante antes de irse sin pagar, y luego babeando y haciéndose el tonto para dar el timo de la estampita. Hacía bien la jueza en preguntárselo, aunque la respuesta había que buscarla en FAES o en Génova, donde, ante la duda, han preferido pasar por tontos, como siempre. Es la solución de emergencia del PP cuando le cae encima una Gürtel, una Púnica, un Rodrigo Rato o un baúl de un quinto piso: decir que ellos no se enteran de nada.

Antes de cumplir los veinte años, en efecto, el Pequeño Nicolás ya había vivido varias vidas. Mientras terminaba la carrera de Derecho, había tenido tiempo de colaborar con el CNI y con la Casa Real y también de presidir el Club Joven del PP de Moncloa-Aravaca. Alquilaba vehículos de lujo y se presentaba rodeado de guardaespaldas, hasta que se le fue la mano en Ribadeo, donde desembarcó escoltado por varias patrullas de la policía local con las sirenas a todo trapo. Por un momento, alarmadas por la fastuosa comitiva, las autoridades pensaron que había llegado el rey. O peor todavía, que había llegado Pablo Casado.

Sin embargo, poco a poco, la estatura del Pequeño Nicolás ha ido disminuyendo hasta tomar las dimensiones de un pobre enfermo mental, lo cual tampoco es incompatible con su fulgurante carrera política. Más bien al contrario, puesto que los “floridos delirios megalomaníacos” a los que alude el informe psiquiátrico presentado ayer por su abogada pueden rastrearse en multitud de estadistas de fama mundial, de Napoleón a Trump y de Gengis Kan a Stalin. Así mismo quienes aseguran que ese diagnóstico choca de frente con los tests psicológicos a los que tuvo que someterse al presentarse a Gran Hermano olvidan que su exitosa participación en el concurso de Tele5 podría calificarse como prueba concluyente de narcisismo, psicopatía y desorden mental grave. Para confirmar su identidad napoleónica a muchos dementes les basta con ponerse una mano en la barriga, pero el Pequeño Nicolás cometió el error de morder su propia mano.