Opinion · Punto de Fisión

Si tu ojo te escandaliza, arrancátelo, gilipollas

La jurisprudencia española lleva tiempo sentando cátedra en temas tan acuciantes como los chistes sobre Carrero Blanco, las letras de rap y las chirigotas de Cádiz. Hay que decir que los jueces españoles trabajan de acuerdo a la sensibilidad delicadísima de estos tiempos en que se descuelga un lienzo prerrafaelita de un museo por machirulo y se prohíben los carteles de una exposición del pintor Egon Schiele porque ofrecen genitales a la vista del público. The New Church Ladies, como bautizara Jim Goad a estos nenúfares de la indignación, ven el garabato de una polla fláccida y se atragantan, pero luego leen que quince inmigrantes se ahogaron gracias a la acción higiénica de la Guardia Civil y no les dedican ni un avemaría.

En lo que toca a la sensibilidad religiosa, España, más que una piel fina, tiene un clítoris. Todavía colea el juicio por blasfemia que se celebró -con doce años de retraso- contra Javier Krahe por un cortometraje sobre el mejor modo de cocinar un Cristo al horno. El abogado bien podía alegar que Krahe sólo intentaba mejorar el canibalismo implícito en el acto de la comunión, ya que de eso va precisamente la eucaristía, cuando el cura alza la hostia y murmura “tomad y comed”. Si usted no cree que el pan y el vino son en ese mismo instante, gracias al misterio de la transustanciación, el cuerpo y la sangre de Cristo, entonces no sabe lo que está comulgando; si cree que la hostia es un símbolo o una metáfora o, todavía peor, un trámite, entonces no tiene usted ni puñetera idea de cristianismo. Como advirtió la escritora católica Flannery O’Connor: “Si la Sagrada Forma fuese sólo un símbolo, yo diría: Al diablo con ella”.

Lo último en cuestiones de urticaria religiosa ha sido la multa de 480 euros a un joven de Jaén por subir a Instagram un fotomontaje del Cristo de la Amargura en la que sustituyó la cara de Cristo por su propia jeta. Otro grave error teológico, puesto que si Cristo murió en la cruz para lavar los pecados de toda la humanidad, el joven chistoso de Jaén iba incluido en el lote. Más ducha en estas intricadas cuestiones dogmáticas, una ingente muchedumbre de las redes sociales se ha apresurado a aleccionar al tribunal para recordarle que Cristo también murió por ellos. Hasta un ex letrado del Tribunal Constitucional ha colgado un fotomontaje con su propia cara para recordar a sus colegas que ya no estamos en el siglo XVII.

Sin embargo, que la jurisprudencia hispánica haya decidido, en contra del sentido común y de la libertad de expresión, aplicar el delito contra los sentimientos religiosos es una magnífica noticia para el maremoto de puritanismo que amenaza con inaugurar un Neomedievo. Le están dando la razón no sólo a esos meapilas de la moral que se ofenden por cualquier cosa sino también a los verdugos del Estado Islámico que castigan a bombazos una caricatura de Mahoma. No hace falta recurrir a Voltaire ni a los Monty Python para desmontar la imbecilidad implícita en estos alardes de indignación. Fue Cristo quien dijo: “Si tu ojo derecho te escandaliza, arrancátelo”. Los evangelistas prefirieron no recoger el colofón que Cristo añadió en perfecto arameo: “Gilipollas”.