Opinion · Punto de Fisión

Cifuentes y las virtudes del ahorro

En los últimos tiempos, la plana mayor del PP está protagonizando un spin-off de The Leftovers, una teleserie en que 140 millones de personas se evaporaban de repente sin ninguna explicación de la superficie terrestre. En el planeta Génova no ha desparecido tanta gente como en el planeta Tierra, aunque el porcentaje de imputados, encarcelados y pringados sea, en relación, bastante superior a ese ficticio 2% de la población mundial del que nadie ha vuelto a saber nada. El método de evaporación también resulta bastante distinto al de los abducidos durante la gran ascensión, ya que los peperos no pierden la consistencia física sino que simplemente se trasladan de repente a la cárcel, al limbo o a la penosa categoría de “esa persona de la que usted me habla”.

En el planeta Génova ocurren a diario cosas mucho más inexplicables que en cualquier teleserie, probablemente por las mismas razones que la ficción no puede competir con la realidad. A una ministra le crece un deportivo de lujo en el garaje, a otro ministro le crecen cuentas opacas en Panamá, al presidente de la Comunidad de Madrid le crece un ático en Marbella, al Consejero de Presidencia de la misma comunidad le crece en un altillo un maletín repleto de billetes. No sólo es un problema de crecimiento indiscriminado: también se extravió el contenido de unos discos duros mediante el procedimiento de borrarlos 35 veces seguidas, rayarlos a conciencia y luego destrozarlos a martillazos. Los discos duros machacados de los ordenadores de Génova son la metáfora perfecta de la memoria de los altos cargos del PP, el único colectivo español afectado por una extraña variedad del alzheimer que hace olvidar únicamente las intrigas y putrefacciones del partido. No les consta, no se acuerdan, no saben, no contestan.

Aparte de la memoria informática y de la personal, en el planeta Génova hay muchas más cosas que desaparecen, empezando por el dinero de las cuentas corrientes y terminando por la poca vergüenza. Cristina Cifuentes asegura que sólo tiene tres mil euros ahorrados y que vive de alquiler, a pesar de que cuenta con un sueldo anual de 90.000 euros brutos. Cualquier día se pone a pedir a la puerta de un supermercado. Podemos felicitarnos porque esta mujer sólo presida la Comunidad de Madrid en lugar de estar a cargo del ministerio de Hacienda o el de Economía. Debe de ser un hábito que se hereda con el cargo, ya que en su día Esperanza Aguirre confesaba que había veces que no le alcanzaba el dinero a fin de mes, a pesar del sueldazo, del caserón donde vive y de los títulos nobiliarios.

La confesión de la señora Cifuentes da una idea de lo cara que está la vida en España. Sin embargo, tampoco se entiende muy bien que, con semejantes ejemplos a su espalda, Mariano I de España y II de Cataluña exhorte a los ciudadanos en la necesidad de ir contratando un plan de pensiones en la banca privada. Si dos profesionales de la política viven con el agua al cuello disfrutando de unos ingresos que rondan los cien mil euros al mes, no hace falta mucha imaginación para calibrar a qué altura les llegará el agua a esos españolitos que subsisten con el sueldo mínimo, con pensiones de mierda o de cualquier otra manera. Es difícil calcular cuántos cientos de miles de compatriotas se han evaporado al extranjero en los años marianos. Mientras tanto, aquí nos quedamos the leftovers.