Opinion · Punto de Fisión

Don Álvaro y el rap del mondongo

Explicar el funcionamiento de la justicia española no es nada fácil, especialmente cuando el que pide explicaciones es un delincuente que comparece ante el Congreso. Don Álvaro Pérez -el artista anteriormente conocido como “el Bigotes- pregunta cómo es que nunca han prestado declaración el marido de la actual ministra de Defensa, Ignacio López del Hierro, y Ángel Piñeiro López, ex gerente del PP en Galicia y amigo de Mariano Rajoy desde que ambos compartían pupitre. Muy buena pregunta, le han respondido. En efecto, es bastante difícil responder por qué estos dos personajes, que sí aparecen a menudo en el listado de los papeles de Bárcenas, nunca han sido ni siquiera citados a declarar ni a sentarse en el banquillo, mientras que Don Álvaro sí, a pesar de que su nombre no aparece en los papeles. A lo mejor es porque no está casado con una ministra o porque no fue amigo de la infancia de Mariano. Lo más sencillo sería responder como algunos mendigos de mi barrio: “Es triste de pedir, más triste es de robar”.

La explicación se torna todavía más tenebrosa cuando uno repara en las distintas velocidades de la judicatura hispánica, la “justicia minipimer”, como la he llamado alguna vez. Cómo es que los dos Jordis y ocho políticos catalanes han acabado entre rejas en apenas unas semanas mientras que Urdangarín sigue viviendo a cuerpo de yerno de rey en Suiza en espera de la sentencia del Tribunal Supremo. Cómo es que la tuitera Cassandra fue a prisión cuando todavía no se habían enfriado sus tuits nostálgicos sobre el retorno de ETA mientras que el comisario Ginés y los nueve policías de Coslada acusados de extorsión, cohecho, amenazas y tenencia ilícita de armas llevan más de una década distraídos entre papeleos judiciales. O cómo es que el rapero Valtonyc acaba de ser sentenciado a tres años de cárcel mientras que otro rapero mucho más célebre, Federico Jiménez Losantos, sigue paseando impertérrito su metro y medio de mala leche después de un rap radiado a través de las ondas en que amenazó con descargar una escopeta sobre Bescansa, Errejón y varios blancos más de Podemos.

Probablemente se trate de una cuestión de oído, de que Valtonyc, Cassandra, los dos Jordis, Oriol Junqueras y el resto de cantantes no entonaban bien, no berreaban con el fervor patriótico de Marta Sánchez, ni tampoco cantaban las letras adecuadas. Cantar en este país se ha convertido en un deporte de riesgo -no digamos ya lo de decir gilipolleces en público, como Cassandra o el tuitero al que condenaron unos días atrás por decir que eran pocas las mujeres asesinadas, con la cantidad de putas que hay. El que está cantando ahora, con grave riesgo para sus cuerdas vocales, es Don Álvaro Pérez, que ha tenido que afeitarse para que los bigotes no le desfiguren la voz. Esta deforestación generalizada, que empezó con Aznar y siguió por su doble de altura, el ex ministro Soria, no implica necesariamente la metáfora, aunque parece que a Don Álvaro sí que se le va a caer el pelo. Mira que se lo advirtió su abogado.