Opinion · Punto de Fisión

Asco, ARCO, Narco

No hay duda de que el arte abstracto tiene una indudable ventaja sobre el figurativo: que no se entiende ni jota. Por eso a las pinturas abstractas, la mayoría de las veces, les ponen un marco: para diferenciarlas del papel de la pared, porque de otro modo no habría manera. Franco, contrariamente a los popes del Realismo Soviético, no veía ningún problema en que alguien emborronara un lienzo de rayas, manchas y chafarrinones, así fuera de ocho metros por ocho, y permitía a los pintores abstractos acudir a bienales y montar exposiciones a pesar de sus desvíos ideológicos. No había ningún problema en criticar al régimen mediante una plancha de metal oxidada o una rueda de carro atravesada de clavos siempre que la plancha o la rueda de carro llevaran títulos inasequibles del estilo de “Forma en expansión” o “Estudio ontológico”. Muy distinto hubiera sido titularlos, por ejemplo, “Variaciones sobre el Guernica”, “Los sótanos de la DGS” o “La popa de El Ferrol vuelve a la carga”. Con quien Franco tenía problemas era con Dalí -que no paraba de hacerle loas y reverencias y que el día menos pensado le montaba un cataclismo- y, sobre todo, con el Realismo Soviético.

Las obras de Santiago Sierra no son muy difíciles de comprender, especialmente la última, que podía haberla hecho un niño con un álbum de cromos para un ejercicio de trabajos manuales. “Sí”, respondió una vez Picasso a una crítica similar, “¿pero usted sabe lo difícil que es pintar como un niño?” La instalación consiste en 24 fotografías levemente pixeladas de recientes huéspedes de las cárceles españolas, entre los que se encuentran los célebres titiriteros detenidos hace dos años, el dirigente del Sindicato Andaluz de Trabajadores, Andrés Bódalo, Oriol Junqueras y los dos Jordis. La clave, una vez más, está en el título con que Sierra abanderó la obra: “Presos políticos”. Si la hubiera llamado, no sé, “Sospechosos habituales” o “Excursión a Las Alpujarras” probablemente no hubiera pasado nada. Pero alguien se ha molestado con la asociación libre que podía producirse en el cerebro de algunos espectadores, los cuales, imprudentemente serían capaces de pensar que en España hay presos políticos. Algunos incluso serían capaces de pensar, punto.

Por eso, para eludir malentendidos, pensamientos y desviaciones ideológicas, y también para evitar polémicas, la galerista Helga de Alvear ha decidido retirar la instalación de ARCO, una iniciativa que el PSOE, en su función habitual de mamporrero gubernamental, ha aplaudido con fervor de limpiabotas. De este modo, el público podrá pasear tranquilamente por ARCO, sin que les afecte un maremoto mediático que en estos momentos copa ya los titulares de medio mundo, después de las condenas a tuiteros y raperos por pasarse de tontos. Sierra, maestro consumado de la provocación, ha enseñado una vez más un trapo rojo y el gobierno ha embestido a tope. En el arte conceptual lo que cuenta, más que el arte, es el concepto y aquí estamos para aclarar conceptos, como decía el crítico de arte Pazos en Airbag. A los hechos me repito.

Los hechos son que, en menos de 24 horas, un rapero ha sido condenado a varios años de cárcel por ofender al rey, una obra ha sido retirada de una feria de arte internacional por molestar a Mariano y que un libro, Fariña, ha sido secuestrado por orden de una jueza porque molestaba mucho a un ex alcalde de O Grove a quien no le gustaba su papel de protagonista. Ya avisaba yo -en una reseña que salió en su día en Cuarto Poder– que casi en cada página del impresionante reportaje de Nacho Carretero “hay citas literales que valen por una querella, una amenaza o un accidente de tráfico”. Entre otras muchas podredumbres, Fariña relata la larga y acaramelada historia de amor entre el narcotráfico gallego y el PP, desde los tiempos cavernarios de Fraga hasta la espalda soleada de Feijóo. Lo más gracioso es que llevaba unos tres años rulando por ahí, lo que da una idea del tiempo que le cuesta a esta gente leer un libro.