Opinion · Punto de Fisión

Javier Maroto, vendedor de motos

Una de las grandes ventajas de la derecha es la facilidad con que se sube a cualquier carro que previamente hubiera intentado tirar barranco abajo. Muchas veces no sólo se suben en marcha, sino que dicen que eran ellos quienes estaban empujando el carro. No importa que acaben de fotografiarlos sembrando clavos, montando huelgas de palafreneros, colocando troncos en medio del camino o apaleando a muerte a los caballos: fueron ellos los que primero se subieron al carro, los que inventaron el carro y hasta la rueda, si hiciera falta. Ahí están para probarlo la ley de divorcio, la de despenalización del aborto o la del matrimonio homosexual: importantes avances sociales de los que disfrutamos gracias a la derecha más rancia de este país, que también colaboró lo suyo durante el asedio de Leningrado.

Para las cuestiones relativas a la homosexualidad, el PP cuenta con un abanderado oficial, Javier Maroto, un coach de la desfachatez que sería capaz de venderle un consolador a Putin. De hecho, su última tentativa en materia de venta de motos ha sido asegurar que su partido es uno de los principales impulsores de los derechos del colectivo LGBT. “Si todos los gays estuvieran en Izquierda Unida, no hubiésemos avanzado en este país como se está haciendo” dice. “Es más, seguramente, no habría ni matrimonio igualitario”. Le ha faltado añadir que fue Ana Botella quien asesoró a Zapatero en el proyecto de ley de matrimonio homosexual con un borrador sobre las bodas entre peras y manzanas.

El cutis de hormigón armado necesario para soltar sin rubor estas perlas no termina ahí, ya que Maroto no para de insistir en que la percepción que tiene el público en general del PP como un partido reaccionario, atávico y homófobo se reduce a un problema de comunicación. Es que se explicaron mal, dice. Aparte de la postura inquisitorial de su partido, personalmente Maroto votó en su momento contra la ley del matrimonio homosexual, intentó vetarla en el Senado, participó en primera línea en manifestaciones callejeras y presentó un recurso ante el Tribunal Constitucional. Eso sí, él siempre ha estado a favor de la ley y por eso se casó hace tres años con su novio de toda la vida, aprovechando que el Danubio pasa por Budapest. No es que en el PP se expliquen mal, es que se explican como un libro en blanco.

El aprovechamiento de estas tenues rendijas legales abiertas en el pétreo pavimento de la España visigótica ha dado lugar a confusiones, generalizaciones y profecías de todo tipo. Por ejemplo, allá por 1981, recién aprobada la ley de divorcio en el Congreso (hubo 128 votos en contra, adivinen desde dónde cayeron), le preguntaron a un pobre hombre que paseaba por la calle qué opinaba al respecto y respondió, entre asustado y perplejo: “¿Pero por qué tengo que divorciarme, si yo quiero mucho a mi mujer?” Un terremoto parecido causó la polémica ley del aborto, cuando se pensaba que su puesta en vigor iba a provocar la total aniquilación de la población española en cuestión de dos generaciones, como si todas las mujeres del país fuesen a imitar a las hijas de los millonarios del régimen en sus higiénicos vuelos a Londres.

El pánico se repitió a comienzos de la pasada década, entre muchedumbres de gentes en defensa de la familia católica (tradicionalmente formada por una virgen, un palomo y un pagafantas) que salieron a la calle asustadas ante la posibilidad de que la homosexualidad fuese declarada obligatoria y tuvieran que divorciarse primero, abortar después y luego ya marchar en procesión a Chueca, a casarse en un cuarto oscuro. Llegaron a temer que la derecha en bloque iba a salir del armario, pero al final no, al final sólo ha sido Maroto.