Opinion · Punto de Fisión

Democracia a la italiana

Es muy posible que, como dice Baricco, Italia sea un laboratorio donde experimentar las catástrofes antes de lanzarlas al mercado internacional. Allí inventaron a Mussolini antes que a Hitler, a Verdi antes que a Paquito el Chocolatero y a la Democracia Cristiana mucho antes que al PP (por eso mismo, porque todavía andaban en fase de pruebas, necesitaron la ayuda de la Mafia y de la Camorra). Allí descubrieron a Berlusconi mucho antes que a Trump aunque, en realidad, ambos prototipos descienden de un antecesor común: Jesús Gil, un señor que se reía de la justicia, se cagaba en la prensa y no llegó a presidente del gobierno sólo porque se adelantó demasiado a su época.

Las elecciones en Italia cumplen a la perfección aquella máxima de Winston Churchill, según la cual la democracia es el peor sistema de gobierno posible excepuando todos los demás, incluida la propia democracia. Elegir entre lo malo y lo peor siempre ha sido una especialidad de la política europea en general y de la italiana en particular, en cuya trattoria gubernamental se ofrece un montón de alternativas distintas al consumidor basadas en un solo plato: la pizza cuatro quesos. En Italia los pactos contra natura y las alianzas de poder se suceden con tal rapidez que da la impresión de que los ciudadanos podrían votar a voleo. Muy posiblemente, es lo que han hecho este año, ya que el nuevo sistema electoral resulta tan complicado que muchos votantes creían estar apostando a las carreras de caballos mientras otros jugaban a los chinos.

A la fragmentación habitual del panorama político hay que sumar una polarización hacia los extremos donde no faltan las referencias al pasado. Pierluigi Battista, en Il Corriere della Sera, comentaba que la campaña electoral “se está transformando peligrosamente en una parodia de los desencuentros entre fascistas y comunistas”. Probablemente el Movimiento 5 Estrellas (M5E) de Luigi Di Maio pueda ser visto como una parodia del PCI, sobre todo por la denominación hotelera, aunque resulta mucho más divertido llamar “centroderecha” a una coalición formada por Forza Italia, los xenófobos de la Liga Norte y los neofascistas de Hermanos de Italia. Entre agresiones y tiroteos, Matteo Salvini, racista pata negra, habla de una invasión de inmigrantes mientras que su candidato en Lombardía, Attilio Fontana, llamó a votar en defensa de la raza blanca. Como se ve, en Italia, igual que en España, el concepto de centroderecha se ha extendido mucho, hasta llegar a la pared.

A última hora de la noche todo apuntaba a que no habrá un ganador claro que pueda formar gobierno sin una de esas largas y complicadas negociaciones poselectorales que son como una Nochevieja en Nápoles o la boda de El Padrino: unos piden favores y otros traen regalos, unos comen tarta y otros engrasan la lupara. Cabe preguntarse si el Movimiento 5 Estrellas llegará a la antesala del poder sin errores ni balbuceos: el trabajo de la izquierda es dar miedo, como Luca Brasi, pero haciendo lo posible para no acabar hablando con los peces.

Por lo demás, las anécdotas electorales de la jornada se resumieron en que fue a votar Il Cavaliere y una activista de Femen se levantó la camiseta para mostrarle un torso desnudo y pintarrajeado con el lema: “Berlusconi, sei scaduto“. No parece la mejor manera de desanimarlo, cuando enseñarle a este hombre un par de tetas es como intentar asustarme a mí con un cubata y un Montecristo. Precisamente a fuerza de tetas, Berlusconi levantó una televisión, después un partido político y por último una plantación de viagra. Si lo consideran la última esperanza conta el populismo, debe ser porque ya le da lo mismo comerse la catedral de Milán que un pezón ilustrado. Eso sí, para tener 81 castañas, muy acabado no parece.