Quemados por el rey

David Torres

Aparte de los toros y de ser negro en Lavapiés, el deporte de riesgo de más éxito que puede practicarse estos días en España es quemar fotos del rey, una actividad que ha congregado a más de un centenar de personas en la plaza Sant Pere de Gerona. De momento, como no hay federación que establezca una liga en diversas categorías (por edad, sexo o masa corporal), la quema de fotos consiste en una muchedumbre de mujeres y hombres, ancianos y niños, gordos y flacos, todos ellos arrimando candela alegremente a las fotos. El reglamento también resulta lo bastante flexible para permitir la utilización de cerillas, mechero o lanzallamas, así como posters, tablets y dispositivos móviles en general.

El deporte, que cuenta con multitud de simpatizantes en Cataluña y buena parte del extranjero, no tiene todavía una legislación clara al respecto de las modalidades permitidas. Por ejemplo, mientras el Tribunal de Estrasburgo dictaminaba la semana pasada en contra de la sentencia del Tribunal Constitucional (que en 2007 condenó a dos jóvenes que quemaron fotos del rey en público), en países como Alemania y Francia se considera falta grave, punible incluso con años de cárcel, la destrucción pública de un símbolo nacional, por ejemplo una bandera. Ignoro si para los árbitros y jueces de línea europeos quemar una foto de Merkel o de la Torre Eiffel llevaría aparejado el mismo castigo.

La decisión de Estrasburgo anulando el gol marcado por el Tribunal Constitucional a la libertad de expresión ha levantado una ola de indignación entre diversos colectivos idólatras de los borbones, del PP al PSOE y de Ciudadanos a Álvaro Ojeda, pasando por sesudos comentaristas y tertulianos de guardia que se han apresurado a comparar la quema de una foto con un acto de violencia simbólica, sin que hayan aclarado suficientemente qué puñetas consideran ellos violencia simbólica más allá de las necedades que sueltan por vía oral, escrita o anal. Más de uno, y más de dos, se ha atrevido a sugerir que quemar una bandera o una fotografía es pegar fuego simbólicamente a los millones de hombres que se sienten representados por ellas. Es un modo de pensar sumamente primitivo, muy similar al de esas turbas de Oriente Medio que se ponen a incendiar un monigote de Bush suponiendo que así van a hacerle vudú. Lo que tiene que sufrir esta gente cada vez que alguien monta una barbacoa.

En fin, resulta penoso a estas alturas recordar aquel famoso cuadro de Magritte en donde hay dibujada una pipa y debajo, en perfecto francés: “Esto no es una pipa”. Cuando alguien se acercó a señalarle al pintor que se equivocaba, Magritte le respondió simplemente que probara a meter tabaco en el cuadro y a fumar con él. Una respuesta que no serviría de mucho ante la lógica irrebatible de los mamporreros de la Corona, habituados a postrarse y reverenciar cualquier cosa. Apechugar con los símbolos y con los sentimientos que representan como si fuesen realidades suele ser mal negocio: no hay más que fijarse en la cantidad de españoles que nos sentimos quemados hasta la médula con la actitud y la conducta de esta peculiar familia que nos simboliza querámoslo o no. Desde el mantenimiento a costa del erario público de una barragana a la última jornada de esquí en Formigal.