Opinion · Punto de Fisión

La rubia que se hacía la tonta y viceversa

Esperanza Aguirre se marchó de la política con un mutis por el foro (también por el forro, e incluso por el morro) que hizo que los aficionados al teatro se rompieran las manos aplaudiendo. No se veía nada igual desde que Lina Morgan destrozara las taquillas del cine con aquella comedia costumbrista, La tonta del bote, obra de Pilar Millán Astray, hermana de quien ustedes saben. Durante la Primera Guerra Mundial, Millán Astray trabajó de espía para los alemanes en Barcelona, seduciendo entre otros al embajador británico sir Arthur H. Hardinge y sacándole documentos de la cartera. Tras la contienda, esta Mata-Hari a lo Julio Romero de Torres desarrolló una prolífica carrera literaria en la que, entre una encendida defensa de los valores tradicionales, proponía una novedosa visión del papel de la mujer en la sociedad: hacer compañía a Arturo Fernández.

La tonta del bote es la comedia más famosa de Millán Astray y conoció diversas adaptaciones cinematográficas, aunque la de 1970, con Lina Morgan al frente, es con diferencia la más célebre. O lo era, hasta que hace cosa de un año Esperanza Aguirre decidiera emularla con una versión libre que conservaba el tono de melodrama y el acento chulapo. Aguirre logró incluso llorar de la emoción, lo cual tiene mucho mérito cuando una está hablando de Ignacio González. Fue muy emocionante oír en boca de Aguirre la frase inmortal de Blanche Dubois -“Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”-, aunque los desconocidos, de González a Granados, nos los había presentado todos ella después de criarlos y entrenarlos en su particular escuela de talentos.

Estaba complicado igualar este sainete, pero ayer martes Cristina Cifuentes se rodeó de un aguerrido escuadrón de guardaespaldas que la escoltaron en el trance, especialmente Rafael Hernando, que forma por sí solo un escuadrón, una claqué, un sainete y un Arturo Fernández. Sus actuaciones parlamentarias, por no hablar de sus performances en los pasillos, lo hacen merecedor de ese diálogo inmortal de La princesa prometida, cuando el gitantón Fezzik dice: “Soy de la brigada brutal”. Y Max el Milagroso replica: “Sois la brigada brutal”

Si Aguirre se decantó por la lágrima fácil, Cifuentes ha preferido la risa tonta, una maniobra verdaderamente inesperada cuando ha estado toda su carrera política presumiendo de que es más lista que el hambre. Hace un año, en efecto, declaró que llevaba media vida pasándose por rubia para ir subiendo peldaños en el terrible escalafón del PP madrileño, un ecosistema donde, contradiciendo a Darwin, sólo sobreviven los más ineptos. Según confesión propia, Cifuentes es una rubia del método: interiorizó tanto su papel que ha llegado a creérselo, igual que cuando Bela Lugosi acabó durmiendo en un ataúd. No sabe nada de la financiación irregular del partido, ni de Fundescam, ni del Canal de Isabel II, ni de los comités de campaña, ni de las mesas de contratación. Ella estaba allí únicamente por rubia natural, por selección natural, porque no había alma más cándida. O sea, que es perfecta para dirigir una comunidad autónoma, e incluso un país, si la dejan. Naturalmente.