Puigdemont se queda sin gasolina

David Torres

A Puigdemont lo han detenido en una gasolinera. Más que a los grandes gestos, el president catalán es un hombre proclive a las grandes metáforas, los grandes símbolos y los gatillazos trascendentales. Proclamó la independencia de la república catalana y la suspendió exactamente a los ocho segundos, una retractación en vivo y en directo que batió todos los records históricos de brevedad nacional. En plena era digital, Puigdemont inventó la independencia por guasap y después se dio a la fuga para inaugurar la primera presidencia vía Twitter.

Sin embargo, prescindió de los últimos avances tecnológicos cuando se refugió en una finca en Waterloo, epílogo de la aventura napoleónica, y ya a nadie le cupo ninguna duda de sus intenciones. De Waterloo, la salida lógica era Santa Elena, un islote simbólico con el que Puigdemont tropezó al ir a repostar gasolina. Este safari nacionalista por Europa no podía acabar bien, pero se trataba de prolongarlo el mayor tiempo posible, primero ocho segundos delante de un micrófono, después cinco meses saltando de avión en automóvil hasta que el impulso nacionalista se detuvo por falta de combustible.

En su alocada huida hacia delante, el president imitaba sutilmente a Thelma y Louise en busca de un Harvey Keitel que le permitiera dialogar, sin darse cuenta de que no había ningún Harvey Keitel al otro lado del teléfono. Thelma y Louise también sabían que se estaban yendo a la mierda a través de un desierto, pero se trataba de prolongar la escapada hasta rellenar dos horas de película, incluso congelando el salto final al precipicio para dar al público que salía del cine la ilusión de que al coche le iban a brotar alas. Sin embargo, las cosas caen por su propio peso, los coches no evolucionan hacia la avioneta y la fuerza de la gravedad resulta casi tan definitiva como el principio de realidad.

Si Puigdemont hubiera esperado cuatro días para quedarse sin gasolina y lo hubieran detenido en Jueves Santo en lugar de en Domingo de Ramos, la serie simbólica habría quedado redonda. Era el ingrediente perfecto que necesitaba el independentismo para prender más rápido en la sociedad catalana: una crucifixión judicial marchando a la par de las procesiones. Pero era difícil coordinar la operación y poner de acuerdo no sólo a los líderes nacionalistas, sino también a los jueces, a los agentes del CNI y a la policía alemana. Para redondear la metáfora, unos días antes era detenida la plana mayor del gobierno catalán, Turull, Forcadell, Romeva, Bassa, y suma y sigue hasta completar 25 apóstoles: justamente lo que necesitaba un procés en plena efervescencia del martirio. No es muy difícil de entender que el cristianismo triunfó precisamente gracias a una crucifixión y que se extendió por cárceles, catacumbas y circos poblados de leones.

El resultado final de esta operación poética son unas elecciones invalidadas por un juez y una ciudadanía entre estupefacta y cabreada que ve cómo la democracia consiste en callarse y votar lo que diga el Ibex. La justicia funciona, dicen algunos, mientras otros proclaman que es la injusticia la que marcha a todo tren. Tal vez, como apuntaba Aristóteles, la virtud se halle en el medio. Que medio gobierno de Cataluña esté en prisión resulta casi tan asombroso como que no lo esté medio gobierno de España.