Opinion · Punto de Fisión

¿Protagonistas femeninas? No, gracias.

Aniquilación, la última película de Alex Garland, es una cinta de ciencia-ficción lo bastante estimulante como para atraer a los cines un público amplio. Por desgracia, no pensaron lo mismo los ejecutivos de Paramount Pictures, quienes a última hora se echaron atrás respecto al estreno en pantalla grande fuera de los Estados Unidos y decidieron apostar por una distribución televisiva a través de la plataforma Netflix. Uno de los jefazos de Skydance Productions, David Ellison, sentenció que la película resultaba demasiado compleja e intelectual para el público extranjero, algo verdaderamente curioso si pensamos que la edad media del espectador estadounidense debe de rondar los nueve años.

La excusa también parece bastante endeble si comparamos la cinta de Alex Garland, por ejemplo, con un éxito de taquilla como la penúltima de Dennis Villeneuve, La llamada, una cinta sobre calamares espaciales que pretenden refundar la ONU a manguerazos y con más trampas de guión que un episodio de Los Serrano. Aun así -a pesar de fallos y patinazos cronológicos tan evidentes como que la protagonista esté hundida en la depresión mucho antes de que se le muriera el hijo- la película de Villeneuve funcionó muy bien precisamente por su mensaje filosófico, por llamarlo de algún modo. Dejando aparte las obvias diferencias argumentales y temáticas (en mi opinión, todas ellas favorables a Garland), en el apartado visual Aniquilación también le da pan con hondas a La llamada. De hecho, tiene tantas escenas de tensión, terror, aventura y pura fantasía que al lado de sus arcoiris vegetales y sus criaturas pavorosas, la otra parece un anuncio del método de idiomas Vaughan en un bar de tapas.

Aniquilación no es una película redonda, ni mucho menos, en parte porque toca demasiados palos -desde el impulso de autodestrucción hasta el tema del doble, pasando por las mutaciones genéticas- sin quedarse con ninguno. Pero también porque abusa de flashbacks innecesarios y bebe de referencias cinematográficas tan ilustres como Stalker, uno de los grandes poemas del séptimo arte, o Deliverance, la obra maestra de John Boorman. Al igual que en la magna película de Tarkovski, en Aniquilación existe un coto vedado, una zona contaminada por la presencia de un contacto extraterrestre donde se producen terribles milagros. Y, al igual que en la pesadilla de Boorman, un grupo de hombres se interna en una jungla terrorífica para descubrir de qué están hechos.

Sospecho que ése es precisamente el problema: que los protagonistas de Aniquilación, los comandos que avanzan hacia el corazón de un misterio alienígena no son hombres sino mujeres. Más que la dificultad de su final abierto, lo que ha asustado a esta buena gente es que pensó que el público iba a huir en masa de una historia con cinco mujeres ocupando en solitario el noventa por ciento del metraje. Mujeres, además, haciendo cosas de hombres, es decir, luchando, disparando, lanzando hipótesis e intentando salvar el mundo en lugar de afilarse las uñas, hablar de tíos y atusarse el pelo. Mujeres con estudios superiores en Biología, Psicología, Geología y Física, y además armadas hasta los dientes. Tanto Metoo para esto.