Opinion · Punto de Fisión

Un tiro a un niño por la espalda

Hace mucho, mucho tiempo que la Franja de Gaza y las zonas ocupadas a la fuerza por Israel viven en mitad de un western. Concretamente, en esa variedad poco vistosa del western que consiste en el acorralamiento, el sometimiento y el exterminio impune de las poblaciones indígenas, el que dio lugar al genocidio menos publicitado de la era contemporánea. Esa variedad del western en que unos muchachos desarrapados salen a la calle a protestar y una horda de asesinos armados hasta los dientes tiene barra libre para ametrallarlos. Lo hemos visto en docenas de películas y lo seguimos viendo en los videos que milagrosamente logran saltar a nuestras pantallas. A esto de masacrar manifestantes a tiros ahora se le llama “luchar contra el terrorismo”, aunque antes se le llamaba “colonizar” o “civilizar”.

Desde la docena larga de resoluciones de la ONU que los sucesivos gobiernos israelíes se han pasado por el Muro de las Lamentaciones, la situación en esa zona de Oriente Medio es la de un territorio dejado de la mano de Alá donde únicamente prevalece la ley del más fuerte. El matón sionista, el granjero armado hasta los dientes, el ganadero sin escrúpulos, el militar de gatillo fácil, el colono en busca de horizontes han encontrado en esa tierra de frontera un lugar donde proliferar a sus anchas. Un western. La alegoría se cumple hasta el punto de que la Franja de Gaza, con sus casi dos millones de habitantes apretujados en la zona más densamente poblada del planeta, forma la reserva india más populosa de la que se haya tenido noticia.

El pasado viernes los manifestantes palestinos salieron a conmemorar el Día de la Tierra (efeméride del 30 de marzo de 1986 en que seis manifestantes palestinos fueron asesinados por las fuerzas israelíes) y regresaron con otros diecisiete cadáveres a cuestas. En el fin de semana, durante las protestas convocadas por distintas organizaciones palestinas, más de 1.400 personas necesitaron ayuda médica y al menos medio centenar de jóvenes fueron atendidos por herida de bala. Al igual que en el western, la propaganda oficial israelí asegura que los soldados no hicieron más que cumplir con su deber, defendiéndose de los terroristas y rechazando un peligroso ataque contra la integridad del vallado. Para ilustrar tanta sangre y tantas cifras, lo que aparece en los videos, en lugar de terroristas de Hamás, son niños corriendo, niños tirando piedras, niños tiroteados a placer por una banda de homicidas uniformados. Hay uno de los videos que no deja lugar a dudas ni interpretaciones: un chaval que huye con un neumático en la mano en dirección contraria a la frontera y que cae de bruces, abatido por el disparo de un francotirador.

Poco antes o poco después de hacerse pública esta atrocidad, el coronel Peter Lerner declaró que “no hay instrucciones de matar salvo que exista un riesgo real”. El ministro de Defensa, Avidgor Lieberman, añadió que sus soldados hicieron lo que era necesario y que se merecen una medalla. Sólo hay una manera de hacer frente a un lenguaje de tal cinismo y tal impudicia, y es tomarlo exactamente al pie de la letra. Para un militar israelí, un niño palestino representa un riesgo y por lo tanto hay que exterminarlo sin pensarlo mucho. El cobarde profesional que lo mató de un tiro por la espalda merece una medalla porque representa lo más granado del ejército israelí, una institución repugnante que se caracteriza en los últimos tiempos por masacrar menores de edad. En los westerns clásicos balear a un niño por la espalda no estaba bien visto: en Hasta que llegó a su hora, la obra maestra de Leone, incluso Frank (Henry Fonda), que es un criminal sin corazón, le pega un balazo mortal a un crío mirándolo cara a cara. Israel es que se ha civilizado una barbaridad.