Opinion · Punto de Fisión

Mariano en el Parque de la Memoria

Borges escribió un célebre relato, Funes el memorioso, sobre la tragedia de un hombre que, a raíz de un accidente, era incapaz de olvidar nada, ni un solo hecho, ni un solo detalle. Ve un pájaro y al mismo tiempo percibe cada una de sus plumas; para Funes, el pájaro que está apoyado en una rama y el que, al minuto siguiente, echa a volar no son exactamente el mismo pájaro. “Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo” dice, y luego advierte que si le diera por recordar un día concreto, aunque fuese un día de cinco años atrás, podría hacerlo sin pasar por alto un solo acto, un solo segundo, pero le llevaría exactamente un día entero recordarlo.

La antítesis exacta de Funes podemos encontrarla en esos dirigentes del PP que no se acuerdan de si había una caja B, de los sobres que recibían en el despacho de Bárcenas e incluso hasta desconocen a sus amigos de toda la vida, quienes súbitamente pasan a la categoría de circunloquio: “Ese señor del que usted de me habla”. Se trata de la vida real, aunque el PP, cada día que pasa, parece más una ficción. No de Borges, sino quizá de Ana Rosa Quintana. El último caso de amnesia selectiva en la formación es el de Pablo Casado, quien el otro día ni siquiera podía precisar si en 2008, cuando se sacó un máster, iba a clase o se pasaba el día tumbado a la bartola. Por lo que parece, a Casado el máster le cayó encima sin avisar un día que paseaba por la calle, aunque la gente normal tiene más probabilidades de que le caiga encima una maceta o una bombona de butano.

Ya sea alzheimer, demencia senil o una dieta completamente falta de uvas pasas, el presidente Mariano reúne en su persona todos los socavones y agujeros negros de la pésima retentiva del PP, hasta tal punto que el día en que se ponga a escribir sus memorias podría hacerlo únicamente con el botón Supr. Cuando lo interrogaron como testigo en el juicio de la trama Gürtel no se acordaba del momento en que había conocido a Álvaro Pérez, de si viajaron juntos a Argentina y Uruguay, de las cartas que le había enviado y así docenas y docenas de lapsus. Tiempo atrás, durante un programa de televisión, no pudo entender su propia letra, como para descifrar los cuadernos de Bárcenas, donde el apunte “M. Rajoy” resulta a estas alturas un completo misterio.

Qué mejor lugar que el Parque de la Memoria en Buenos Aires, consagrado a las víctimas de la dictadura argentina, para poner a prueba la desmemoria presidencial. En efecto, fue muy extraño que Mariano brindase su “testimonio de admiración y reconocimiento a todos los que dieron su vida por la libertad y los derechos de todos”, como si supiera de lo que estaba hablando, pero en realidad estaba leyendo de un papel y probablemente le habría escrito el discurso un amanuense con buena caligrafía. En un momento dado, un periodista meticón, ignorante de que el presidente español sólo responde preguntas de tema futbolístico, le interrogó sobre sus intenciones con las víctimas del franquismo. Por toda respuesta, Mariano leyó un párrafo en blanco. De repente brotó un berrido anónimo de la comitiva presidencial (“Vete a la mierda, coño, ¿y de las víctimas del comunismo qué?”) que por un momento parecía la voz del subconsciente.

Aparte de las docenas de miles de esqueletos abandonados en las cunetas, Mariano tampoco se acordaba de que, en su día, el gobierno de Aznar había impedido la extradicción de 40 militares argentinos por diversos cargos de genocidio y torturas; seguramente tampoco se acordaba de que él formaba parte de ese mismo gobierno. Fue una operacion mnemotécnica prácticamente inversa a la de Funes: más olvidos acumula Mariano él solo que todos los muertos de las dictaduras de Franco y de Videla desde 1936. Al acabar el acto, lanzó unas flores al río y firmó en el libro de honor. Le diré a mi amigo Raúl Argemí, que anda por ahí y estuvo preso en los pabellones de la muerte, allá por 1978, que le eche un vistazo a la rúbrica. A ver si firma Funes o Louis de Funés.