Opinion · Punto de Fisión

De la borrachera considerada como asesinato

Advertía De Quincey en un famoso fragmento de Del asesinato considerado como una de las bellas artes: “Se empieza por cometer un pequeño asesinato, se sigue por el robo y se acaba por beber en exceso y faltar a los buenos modales en la mesa”. Es exactamente la trayectoria en caída libre del terrorismo vasco, que empezó poniendo bombas y pegando tiros en la nuca, siguió extorsionando a empresarios, y ha terminado por culminar en una pelea de bar. De ahí que se considere que una fractura de tobillo y unas cuantas contusiones merezcan tantos o más años de cárcel que varios asesinatos. De Quincey lo escribió con un evidente tono irónico, pero los jueces españoles se lo han tomado muy en serio.

El terrorismo en España ha caído tan bajo que la justicia ha tenido que descender hasta el subsuelo para encontrarlo. En el juicio contra los jóvenes de Altsasu están saliendo a la luz tantas irregularidades que si algún día deciden rodar la película o la teleserie van a tener que hacerla en dibujos animados. En la declaración judicial, una camarera del bar “Koxka”, donde tuvo lugar la agresión, dijo que esa noche ella no vio por allí a algunos de los acusados. Según la defensa, en las ruedas de reconocimiento para identificar a los agresores, cada uno de los acusados aparecía rodeado de individuos de diversas etnias -un chino, un negro, un escandinavo, un quechua- para facilitar la labor de identificación. El dueño del bar “Koxka” aseguró que su firma no aparece en la declaración ante la Policía Foral que le han atribuido, y que además, en el atestado policial, han brotado de la nada frases y comentarios que él no dijo en ningún momento, como por ejemplo, que los supuestos agresores “sabían pegar”.

Es de sobra conocido el talento de la policía española para la literatura de ficción, pero en el juicio contra los ocho jóvenes de Altsasu podría optar incluso al Goya al mejor cortometraje. La novia del teniente de la Guardia Civil herido en la reyerta, y el propio teniente, identificaron sin ningún género de dudas a Adur como uno de los agresores gracias a que llevaba una camiseta roja. Sin embargo, varias fotografías aportadas por el colectivo de familiares de los encausados, demuestran que esa misma noche Adur vestía una camiseta negra. Horas antes de que tuviera lugar la agresión, Adur había asistido a un partido de pelota vasca y en un video del programa “En Jake”, de la cadena EiTB, aparece Adur entre los espectadores con la misma camiseta de color negro. También podría tratarse de un caso de daltonismo múltiple provocado por la lectura intensiva de Stendhal.

Así mismo, el terrorismo textil preocupa sobremanera al inefable minsitro del Monólogo Interior, Juan Ignacio Zoido, quien ordenó a la policía requisar camisetas amarillas y banderas esteladas a la entrada del estadio Wanda a los espectadores que iban a presenciar la final de la Copa del Rey. Hay que andarse con ojo desde que vivimos en un país donde hacer un chiste sobre el asesinato de Carrero Blanco puede salir más caro que hacer volar por los aires a Carrero Blanco.

Ayer, en una entrevista concedida a El Periódico, Loquillo ha quitado hierro a éste y otros asuntos, rememorando los tiempos en que los fachas reventaban manifestaciones con un hacha en la mano. Cuando le preguntan qué le parece que un rapero entre en prisión por la letra de sus canciones, responde que le importa un pepino y compara la cárcel con la censura. Loquillo es un buen ejemplo de la manga ancha que hay en España con el terrorismo musical, cuando es oírle cantar y dan ganas de pegarse un tiro. Después, ya casi al final, dice: “Soy la estrella más importante de este país y eso es una responsabilidad muy grande”. Parafraseando a Churchill podemos decir que sí, que Loquillo es la estrella más importante de este país, con excepción de todas las demás.