Opinion · Punto de Fisión

Con la cabeza cortada bien alta

El de Cifuentes ha sido un capítulo más de esos episodios nacionales a los que tan aficionados somos los españoles, esa resistencia numantina que consiste en no rendirse jamás, no ceder a la evidencia y morder el polvo hasta sus últimas consecuencias. La presidenta era un cadáver decapitado desde que se descubrió la falacia de su máster, pero se empeñó en sujetarse ella sola la cabeza, siguiendo la férrea costumbre en Novoyadimitir, la capital favorita de los exiliados políticos españoles. Anunció que iba a ponerle una querella a los periodistas que destaparon los agujeros de su currículum, luego una segunda querella a la universidad que la había engañado y le hubiera puesto otra más a los supermercados Eroski de no ser porque había un video de primera pululando, una grabación de hace siete años que debería haber sido borrada a los quince días pero que sus amiguitos del alma guardaban como una bala en la recámara.

Cifuentes fue declarada oficiosamente difunta desde el momento en que empezó a moverse el papeleo sobre la escandalosa podredumbre de la Ciudad de la Justicia (ese parque de atracciones corruptas donde Aguirre quiso levantar a su estilo una réplica judicial de la Caja Mágica). A estas alturas de su tragicomedia, Cifuentes era como el Caballero Negro de los Monty Python, quien, decidido a no dejar paso al rey Arturo, pierde un brazo de un tajo en el duelo y luego el otro brazo. “No es más que un arañazo” dice mientras sigue defendiéndose a patadas. “He sufrido heridas peores”. A continuación el rey Arturo le corta primero una pierna, después la otra y cuando se aleja con su escudero, el Caballero Negro, plantado como un tronco en el suelo, chorreando sangre a espuertas, le grita que pelee, cobarde, que no huya.

La comparecencia de Cifuentes ayer ante los medios fue igual de ridícula y penosa. Ni siquiera veía sus propios miembros amputados en el suelo, prefería seguir culpando a una conspiración de la izquierda radical, una hipótesis que no se cree ni ella y que la hace candidata a una investigación especial de Cuarto Milenio y a una entrevista en exclusiva con Iker Jiménez. La gota que ha colmado el vaso, la puntilla en esta carnicería, se la han dado unos botes de crema mangados en un supermercado del Puente de Vallecas: no el caso Lezo, ni la trama Púnica, ni la cueva de Alí Babá del Canal de Isabel II, ni siquiera su título de chichinabo en la Universidad Juancarlitros. Es algo que Mariano no ha podido tolerar, que Cifuentes se haya colocado a la altura de Sánchez Gordillo cuando saqueó un Mercadona para protestar por la situación de los parados. Al final va resultar que Aguirre y Cifuentes tenían razón al quejarse de que no les alcanzaba el sueldo para llegar a fin de mes. Es triste de pedir, más triste es de dimitir.

Ha sido una lástima que no haya aguantado un embate más porque lo siguiente hubiera sido enterarnos de que Cifuentes hacía señas falsas cuando jugaba al mus. La presidenta se ha ido con la cabeza cortada bien alta, una versión de la Medusa con crema antiarrugas y jeta de cemento armado. Verdadero maestro del cronómetro, Mariano ha bordado una vez más su papel predilecto: el de enterrador a destiempo, cuando el cadáver ya apesta y ha dejado los alrededores infectados de zombis. Entre ellos, los basureros de Ciudadanos, quienes han demostrado una vez más que el reciclaje de deshechos políticos no tiene secretos para ellos. Con todo, el verdadero detalle de la dimisión en vivo y en directo de Cifuentes es que no haya renunciado ni a su acta de diputada ni al cargo de presidenta del PP de Madrid. ¿Quién podría representar mejor al PP que una cleptómana?