Opinion · Punto de Fisión

Fiestas muy de pueblo

De norte a sur y de este a oeste, no hay nada que unifique mejor el sentimiento nacional español que una buena fiesta de pueblo. Un gallego, un andaluz, un catalán, un castellano y un vasco no tienen muchas cosas en común, ni la cultura, ni el acento, ni la música, nada excepto un concepto muy amplio de diversión que consiste en emborracharse y hacer el bestia como sea. A saber, arrojándose toneladas de tomates, subiendo niños a lo alto de una torre humana, partiendo troncos a hachazos o saltando recién nacidos tirados en el suelo. A menudo el jolgorio popular incluye el maltrato animal en modalidades sumamente imaginativas, como alancear un toro hasta la muerte (Tordesillas), arrancar la cabeza a varios gansos colgados cabeza abajo (Carpio del Tajo) o tirar una cabra desde lo alto de un campanario (una fiesta muy bonita de Manganeses de la Polvorosa que fue prohibida en 2002). En Coria, donde consideraban que el lanzazo era demasiado rápido, solían matar a toros a dardos, aunque últimamente se decantan por la escopeta.

La otra noche, en Lominchar (un pueblo de Toledo con nombre premonitorio) las fiestas patronales culminaron de madrugada en una reyerta que se saldó con 19 heridos, 11 de ellos con perdigonadas. Fue la hostia de divertido: sólo les faltó un muerto. De momento se desconocen los motivos de la pelea, aunque es posible que estuvieran perpetrando un remake de Perros de paja en versión Castilla La Mancha o bien una reedición de la matanza de Puerto Hurraco. El entusiasmo popular a menudo dificulta distinguir entre una buena fiesta de pueblo y un atentado terrorista: la pelea del bar de Altsasua, donde hincharon a palos a dos guardias civiles, llega a tener en lugar en un pueblo de Toledo, con dos lugareños de víctimas, y muy probablemente el gobierno la declara Fiesta de Interés Turístico Nacional.

Gila hablaba de unas fiestas de pueblo donde los mozos trepaban a una cucaña con un jamón en lo alto a base de navajazos (“algunos se pasaban el jamón de largo”) y también rompían rocas con la cabeza (“ganó el Eulogio de dos cabezazos, aunque luego se murió por fanfarrón, por ir sin boina, a cabeza descubierta”). Allí gastaban bromas como decirle a un pastor que subiera a tender la ropa a unos cables de alta tensión (“cuando bajó, parecía la ceniza de un puro”) o ponerle un barreno de dinamita al maestro del pueblo bajo la nuca mientras estaba durmiendo la siesta. La viuda del maestro protestaba y le respondían más o menos lo mismo que los mozos de Tordesillas a los ecologistas: “Señora, si no sabe aguantar bromas, váyase del pueblo”. La actitud natural de la población española la resume el padre del ingenuo pastor que recibió treinta mil voltios: “Me habéis matado al hijo, pero lo que me he reído”.

Muchos pueblos de la España rural siguen cultivando el monólogo de Gila actualizado mediante las últimas innovaciones técnicas. En Aldea del Obispo y en Los Molinos practican un deporte llamado bruthatlon que consiste en lanzar bombonas de butano o ruedas de camión; en Hinojosa juegan al ajedrez con tractores en un tablero de 25.000 metros cuadrados; en Caspe corren en calzoncillos y escupen huesos de aceituna a lo lejos. Hace muchos años, en el Puerto de Motril, asistí aterrado a una fiesta donde se soltaba a un cerdito untado de grasa para que lo atraparan los mozos. Desde lo alto de una terraza vi aglomerada en una plaza a una muchedumbre inmensa: mientras docenas de manos intentaban agarrarlo, el cerdito giraba como loco en un área de dos metros cuadrados, incapaz de atravesar una impenetrable muralla de tobillos y zapatos. Parecía un magnífico anticipo del infierno.