Opinion · Punto de Fisión

Las propiedades solubles de la ETA

A los seis años de declarar el cese definitivo de actividades, después de varias décadas de terror, más de ochocientos muertos, casi ochenta secuestros, miles de heridos y docenas de miles de familias rotas, ETA ha anunciado su disolución con un aséptico comunicado que evoca la prosa de los prospectos farmacéuticos. Como si, en vez de una banda terrorista, ETA fuese un medicamento con demasiadas contraindicaciones, un medicamento al que le ha llegado la fecha de caducidad y que ha sido retirado de la circulación por el fabricante.

Fiel a su esquizofrénico empeño en no ver la realidad -esa ceguera voluntaria que obvia los ancianos tiroteados, los niños desmembrados, los vehículos abrasados, las toneladas de miedo en bruto y las riadas de sangre inocente por las calles- lo que queda de ETA ha pergeñado un breve relato de ciencia-ficción en que los cadáveres, las extorsiones y el matonismo se reducen a un “ciclo (…) caracterizado por la violencia política”. Muy hegeliano todo, desde la metonimia de autodenominarse “organización socialista revolucionaria vasca de liberación nacional”, hasta la visión de la historia como un proceso dialéctico irreversible en cuyo horizonte último surge el caserío.

Lógicamente, el sujeto histórico de ese proceso es la propia ETA, que, según el prospecto farmaceútico, ha decidido desmantelar sus estructuras y dar por concluida su actividad política. Como si ETA alguna vez hubiera tenido actividad política, más allá de poner bombas lapa y pegar tiros en la nuca, y como si el desmantelamiento de dichas estructuras hubiese sido una operación similar a desmontar los palos de una tienda de campaña y guardarla bajo la cama, en lugar de una derrota policial en toda regla.

En un momento dado, al hablar de la debilidad de los estados, “temerosos de la situación que provocaría una resolución integral del conflicto”, ETA se coloca en la misma posición de aquella fábula de Monterroso en la que, al ver un león rugiendo en mitad de la selva, un conejo decide dar la vuelta y echar a correr. Con lo cual el psiconalista comprende que el conejo es el animal más valiente de la creación y el león el más cobarde, puesto que, consciente de su superioridad física, el conejo decide ser generoso y perdonarle la vida a aquel fanfarrón que, después de todo, tampoco le ha hecho nada.

Hay, incluso, un toque de actualidad primaveral y feminista en su alusión a una “lucha por una Euskal Herria reunificada, independiente, socialista, euskaldun y no patriarcal (…) con la responsabilidad y honestidad de siempre”. La responsabilidad y la honestidad, por ejemplo, del atentado en el Hipercor de Barcelona. Si, como advirtió Paul Valery, la sintaxis es una cualidad del alma, puede decirse que ETA acaba de cometer su último atentado: contra la gramática, contra la semántica y contra el sentido común. Aparte de su propia impotencia, ETA ya no tiene mucho que hacer, ahora que se considera terrorismo cualquier cosa, desde cantar un rap a tuitear un chiste sobre Carrero Blanco. Supone demasiada competencia. También el verbo que han elegido para su certificado de defunción remite a la farmacopea: disolverse. Igual que un azucarillo o una aspirina.