Opinion · Punto de Fisión

Karl Marx en fuera de juego

Desmontar a Karl Marx es muy fácil. Puedes hacerlo en dos patadas, en una si eres Juan Carlos Girauta, o en un ladrillo de centenares de páginas, si te llamas Federico Jiménez Losantos. El resulado es similar y el proceso intelectual idéntico. Basta con aparcar el cerebro a un lado y repetir como un papagayo la cantinela de los cien millones de muertos, no importa de dónde los saquen, ni si fueron cien, cincuenta o treinta y ocho. Robert Conquest -un agente de desinformación británico a sueldo de la CIA reciclado en historiador por libre- habló de cinco millones de muertos durante las hambrunas en Ucrania; luego Reagan le subió a sueldo y dijo que mejor catorce. En sus últimos tiempos, cuando estaba de buen humor, Solzhenitsyn elevó la cifra a ciento diez millones de muertos sólo en la URSS, con lo que las previsiones más catastróficas acerca de la hecatombe comunista en el resto del mundo se quedan muy cortas.

Estadísticas de mierda aparte, el argumento de los cien millones resulta grotesco desde cualquier punto de vista, como lo sería atribuir las cordilleras de cadáveres que causaron las guerras de religión o la conquista de América a los sermones de Jesucristo. Marx, que no era tan tonto como muchos de sus críticos suponen, atribuyó estas y otras masacres a complejos mecanismos históricos, especialmente a uno que consideraba el motor de la Historia y que, visto lo visto, sigue funcionando viento en popa: la lucha de clases. No obstante, simplificar a Marx, igual que simplificar a Freud, es una de la mejores maneras de levantarse uno por la mañana, especialmente si uno dispone de lujos como la pausa para almorzar, las vacaciones pagadas, los fines de semana libres o los fondos de pensiones. Cosas todas ellas que no cayeron del guindo capitalista, como muchos de sus críticos suponen, sino que se consiguieron a fuerza de ríos de sangre y de sudor, a base de huelgas, manifestaciones y luchas callejeras. Es decir, gracias a las doctrinas marxistas.

El bicentenario del nacimiento de Karl Marx resulta particularmente incómodo porque si los problemas que señaló siguen vigentes, las soluciones teóricas que aportó no han funcionado. Después de todo, la labor de un filósofo no es dar respuestas, sino señalar preguntas. En este sentido, las interrogaciones que Marx planteó a sus contemporáneos dos siglos atrás son tan acuciantes que todavía están golpeándonos. Como bien apunta Ulrike Herrmann, pueden resumirse en una sola: “¿Cómo es posible que, en una sociedad que se enriquece, aumente la pobreza?” ¿Cómo es posible la explotación del hombre por el hombre, la miseria absoluta en que malvive la mayor parte de la población mundial, la ignominia de una pequeña casta de multimillonarios manteniendo sus privilegios a costa de la desgracia y el desamparo de miles de millones de personas? Dicho de otro modo: que el comunismo no fuese la solución no quiere decir que el capitalismo no siga siendo el problema.

Los Monty Python, que son bastante más inteligentes que el coro de cuñados anticomunistas, colocaron a Karl Marx en la gran final de fútbol filosófico que jugó Alemania contra Grecia, en un equipo de célebres pensadores donde también estaban Leibniz, Hegel, Schonpenhauer, Heidegger, Jaspers, Kant y Beckenbauer. Marx calentaba en la banda y, tras la tarjeta amarilla a Nietzsche por decirle al árbitro -Confucio- que carecía de libre albedrío, se quitaba el chándal rojo y salía en sustitución de Wittgenstein con su barba y su levita a intentar animar el ala izquierda del equipo alemán. No lo consiguió. Después del sorprendente gol de los griegos, varios filósofos iban ante Confucio a protestar: Hegel argumentaba que la realidad no era más que un adjunto a priori de la ética no naturalista; Kant, a través del imperativo categórico, sostenía que el gol ontológicamente sólo existía en la imaginación; y Marx reclamaba fuera de juego. El chiste tiene bastante gracia y bastante mala leche, ya que si por una parte ilustra las debilidades de su sistema filosófico, por la otra demuestra que es el primer pensador que comprendió realmente de qué va el juego.