Opinion · Punto de Fisión

Israel siempre dando la nota

“El puesto es una mierda, la verdad” dijo Amaia, al poco de conocerse que España había quedado a punto de ingresar en la cofradía del podio retrógrado. No era un mal resultado, teniendo en cuenta que la canción también era una mierda, como las otras 25 restantes; como la campaña de acoso y derribo mediático que les acompañó; como el libro de Albert Pla, objeto de la polémica; y como el hecho mismo de Eurovisión, una gala empalagosa, ñoña, grotesca y horrísona. He oído de gente que ve este espectáculo bochornoso porque les hace gracia, lo cual personalmente me parece el equivalente acústico de reírse de un accidente de autobús con todos los pasajeros muertos.

Como otras plagas, como la gripe o la peste negra, Eurovisión ha sufrido altibajos de popularidad: en unos parecía que iba a erradicarse definitivamente y en otros el entusiasmo se medía en maremotos. El momento de la resurrección definitiva (quizá sería mejor denominarlo electroshock) fue cuando Rosa López, metamorfoseada en Rosa de España, emergió de la factoría de berridos de Operación Triunfo dispuesta a merendarse el Eurohorror con una canción que hacía la pelota descaradamente al concurso y al continente. No ganó, gracias a Dios, y unos años después lanzamos un dron denominado Chikilicuatre que apostó por la parodia consciente del certamen sin comprender que el certamen no consiste en otra cosa que su propia parodia inconsciente.

No recuerdo quién dijo que el deporte, y especialmente el fútbol, constituye un excelente sustituto de la guerra, de manera que las naciones europeas pudieran sublimar el ansia de destruirse unas a otras mediante el recurso simbólico de pegar patadas a un balón. El gran montañero inglés Don Whillans se cargó una expedición conjunta germano-británica al Himalaya cuando los alpinistas alemanes empezaron a mofarse de la paliza que les habían dado en el último campeonato mundial a los ingleses en su deporte nacional. “Bueno” replicó Whillans con toda la mala leche de que era capaz, “no pasa nada; tened en cuenta que, a lo largo de este siglo, nosotros os hemos dado una paliza dos veces en el vuestro”. En cambio, Eurovisión -que es un método de tortura experimental concebido para unir a los europeos destrozando la música y el buen gusto- podía acabar en un acto de terrorismo cualquier año de estos. Es lo que hizo el sábado Israel, que lanzó en mitad de la gala una réplica de la princesa Leia tras salir de los espejos del Callejón del Gato. El engendro empezó a cacarear y luego siguió cacareando hasta no dejar un oído sano.

Si es cierto que el fondo y la forma se entrelazan indisolublemente en las grandes obras de arte, Toy, la canción ganadora de este año bien podría ser el Taj Mahal del asco. El escandaloso chorreo de decibelios no sólo se correspondía con el enésimo bombardeo sobre la franja de Gaza sino que la letra, por lo visto, era una denuncia del bullying sufrido por la cantante en una etapa de su vida. Hablar de bullying escolar respecto al matonismo homicida desplegado por Israel sobre sus vecinos palestinos resulta una aproximación muy pobre y desvaída a la realidad geopolítica de la zona, pero algo es algo. Como chiste de humor negro, o como gazapo freudiano, la canción no tiene precio. Como arma de destrucción masiva, tampoco.