Opinion · Punto de Fisión

Máster & cochambre

Pablo Casado se ha enfadado mucho por las dudas que suscita su currículum, especialmente el hecho de que aprobara media carrera de Derecho en cuatro meses, cuando la otra media le llevó siete años. Dice que se siente víctima de una persecución y que las sospechas que crecen a su alrededor son fruto de la difamación y la injuria, plantas venenosas que ya han tirado por tierra reputaciones tan intachables como la de Cristina Cifuentes, quien va a tener que dimitir hasta de la presidencia de su comunidad de vecinos. Si con Cifuentes salió a la luz un video que la mostraba intentando extender la Gúrtel en el Eroski, Casado ha cometido la temeridad de sugerir si lo siguiente va a ser pedirle un análisis de ADN o un análisis de sangre.

Lo de la difamación estaba profetizado en uno de los diálogos más descacharrantes de la historia del cine, la secuencia cumbre de Un tipo serio, de los hermanos Coen. El padre de un alumno coreano que ha intentado sobornar a su profesor de Física con un sobre repleto de billetes va a hablar con el profesor para exigirle que apruebe a su retoño. No es nada difícil canjear el sobre repleto de billetes por las llamadas telefónicas que, según varios profesores del centro Cardenal Cisneros, recibieron por parte de altos cargos del PP, incluida Esperanza Aguirre, para exigir que Casado aprobara a cualquier precio. Sin embargo, con el PP en medio, tampoco es que el sobre desentone mucho.

-Choque de culturas -dice el padre, chocando los puños-. Choque de culturas.

-Con el debido respeto, señor Park, no creo que sea eso.

-Sí.

-No. Sería choque de culturas si fuera costumbre en su país pasar sobornos por las notas.

-Sí.

-¿Me está diciendo que es costumbre?

-No. Eso es difamación. Motivo para demanda.

-A ver si me aclaro. ¿Amenaza con denunciarme por difamar a su hijo?

-Sí.

-Para que fuera difamación, yo tendría que haberle difamado ante alguien, o yo… Bueno, hagámoslo más fácil. Podría fingir que el dinero nunca apareció. Eso no es difamar a nadie.

-Sí. Y le aprueba.

-Le apruebo.

-Sí.

-O me denuncia.

-Sí. Por aceptar dinero.

-O sea, que sí dejó el dinero.

-Eso es difamación.

-No tiene sentido. O dejó el dinero o no lo hizo.

-Por favor, acepta misterio.

Los españoles llevamos aceptando el misterio insoluble del PP desde hace décadas: la financiación ilegal, las infinitas tramas de corrupción, el desmantelamiento generalizado de los servicios públicos en beneficio de sus amiguetes o los koan zen del presidente del gobierno. No nos cuesta nada aceptar también los misterios de una formación académica en la que desaparece un máster del currículum de Javier Maroto, Tomás Burgos pierde de golpe todas sus titulaciones o se descubre que la tesis doctoral de Francisco Camps está hecha a base de retales y plagios. Lo que natura no da y Salamanca no presta, el PP te lo regala.

Ya sabíamos que Casado es un niño prodigio capaz de sacarse un máster de la Universidad Rey Juan Carlos sin acudir a clase y sin conocer a los profesores. Lo que ignorábamos es que estos prodigios son de quita y pon, al estilo de Flores para Algernon, aquel cuento de Daniel Keyes en el que un deficiente mental consigue triplicar su cociente intelectual gracias a unas inyecciones milagrosas. Los Simpson hicieron un homenaje al relato de Keyes cuando un médico descubre que la idiotez de Homer es culpa de cuatro o cinco lapiceros que se metió por la nariz y le atascaron el cerebro. Al extraerle mediante cirugía los lapiceros, Homer se destapa como un genio en estado de hibernación, el progenitor clave que explica el talento increíble de su hija Lisa. Pero también descubre en carne viva aquella tenebrosa advertencia del Eclesiastés (“Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor”) y decide meterse otra vez los lapiceros hasta el hipotálamo. Es el momento de estupor en que se encuentra Pablo Casado, con lo fácil que es, como decía Cifuentes, hacerse pasar por tonta.