Opinion · Punto de Fisión

El Galapagargate

Puesto que había que crear una cortina de humo que distrajera del interminable caudal de mierda que corre bajo las titulaciones académicas de Pablo Casado, Cristina Cifuentes y otros ilustres masterizados del PP, se encargó la tarea a una de las cloacas habituales de la caverna. La noticia salió publicada el miércoles y de inmediato se convirtió en número uno gracias a la avidez lectora del personal y su infinita capacidad de ramonear alfalfa. La noticia en sí misma era una memez de mucho cuidado, indigna incluso de aparecer en letra pequeña en un semanario de la prensa rosa, pero si había funcionado la Coca-cola de Espinar o el asistente de Echenique, por qué no iba a funcionar el Galapagargate de Irene y Pablo.

He ahí el gran escándalo, fíjate, que Irene y Pablo se van a meter en una hipoteca de unos 600.000 euros a costa de su propio bolsillo. Un chalet a todo trapo, con huerto y piscina, en el pueblo de Galapagar, a 40 kilómetros de la capital, donde viven tres o cuatro de mis amigos, cuando lo suyo sería que vivieran apretujados con sus futuros mellizos en un piso de Vallecas. Han rescatado declaraciones de cuando Pablo iba de asambleario para afearle sus contradicciones esenciales; básicamente de una en la que hablaba de la habilidad comercial del entonces ministro de Economía, Luis de Guindos, al agenciarse un ático de lujo en La Moraleja, aprovechando la brutal bajada de precios y meses antes de que el gobierno aplicara el 10% de impuestos.

No importaban las diferencias entre una compra y otra, entre una urbanización y otra, entre una casa destinada a vivienda y otra destinada a la especulación. Lo llamativo era que, una vez más, se había demostrado que los podemitas no son santos, sino pecadores, como todo hijo de vecino. Daban igual la cantidad y la calidad de los pecados: un asistente que viene a trabajar en casa, igual que un fisioterapeuta, vale por una cuenta opaca en Panamá; una Coca-cola en la cafetería del Congreso de los Diputados por un deportivo último modelo brotando del suelo de un garaje; la hipoteca de un chalet comprado a plazos por el ático de lujo de Ignacio González en medio de una operación fraudulenta de cohecho y blanqueo de capitales.

Exactamente el mismo día que salía a la luz el Galapagargate, pasaba de puntillas la noticia de que las viviendas de protección oficial que Blackstone adquirió en Madrid en 2013 a un precio ridículo mediante un chanchullo preparado por el consistorio de Ana Botella habían multiplicado su valor en un 400%. Es decir, unos 800 millones de euros saqueados gracias a un fondo buitre. Pero esa barbaridad no merecía ni un tuit, ni un mal sarcasmo, ni un ataquito de rabia, nada: era el momento de obedecer a las cheerleaders de la derecha y para eso la izquierda tiene pompones de color rosa.

La caverna saca un trapo rojo y embestimos de frente. Luego muchos no se explican como la gente vota lo que vota. Más allá de la ingenuidad irremediable de una militancia que confunde a sus líderes con frailes franciscanos, queda lo de siempre. Gente que no se ha indignado ni un poquito por las desvergüenzas de la trama Gürtel, de la trama Púnica, del caso Lezo, del interminable reguero de casos aislados de corrupción del PP; gente que no se ha molestado apenas por una tesorería podrida hasta los cimientos y computada en los cuadernos de Bárcenas; gente que aplaudió un vergonzoso bodorrio en El Escorial donde la mitad de los invitados iba a acabar entre rejas, de repente se echa las manos a la cabeza. Era de esperar, por supuesto, pero lo más triste de todo este asunto es que Iglesias y Montero hayan tenido que dar explicaciones, como si hubieran cometido un delito. En el huerto, mejor que planten nabos bien gordos.