Opinion · Punto de Fisión

Un gobierno en órbita

Sin desmerecer a Dolores Delgado (una fiscal experta en terrorismo yihadista) como ministra de Justicia, ni a Carmen Montón (licenciada en Medicina y defensora a ultranza de la sanidad pública) como ministra de Sanidad, el auténtico as en la manga del flamante gabinete de Pedro Sánchez ha sido el nombramiento de Pedro Duque como ministro de Ciencia, Innovación y Universidades. Aunque sólo fuese de cara a la galería y sin descartar que cualquiera de ellas o de ellos pueda empezar a decepcionarnos pronto, la verdad es que en los últimos tres días el presidente nos ha quitado de encima más de una tonelada de caspa.

Frente a la tendencia de Mariano de personalizar sus ministerios a imagen y semejanza suya, convirtiendo el gobierno en un futbolín, y la manía de Zapatero de exiliar a cualquiera menos mediocre que él (casi deja al PSOE en un cociente intelectual de una cifra), a Sánchez no le ha temblado el pulso a la hora de rodearse de tecnócratas y especialistas. Comprender que la suma de talentos a tus espaldas no te resta brillo sino que te lo da es lo que hizo inolvidables las campañas de Napoleón, del general Lee y de Zidane. Aznar se vanagloriaba de haber descubierto a Mariano (“yo lo traje de Galicia a Madrid” dijo, como si hubiera amaestrado un centollo), aunque lo que deseaba en secreto, mientras se deslomaba a abdominales, era que suplicaran su regreso de rodillas. No ha sido así y al final le ha abandonado hasta el bigote.

Pasar de un gobierno con Montoro, Báñez o Soria a un gobierno con Delgado, Montón o Duque es como pasar de la Edad Media a la Posmodernidad sin paradas intermedias. Marx advertía del peligro de saltarse etapas históricas a lo burro, pero más vale marearse por la velocidad que morir del asco. En concreto, muchos ansiamos que Duque simbolice el final de esa etapa oscurantista de la política española donde las ciencias y las artes fueron centrifugadas, literalmente, fuera de nuestras fronteras. La España mariana empalmó con la Contrarreforma y la tradición unamuniana del “que inventen ellos” hasta el punto de que los mayores avances tecnológicos se usaron al servicio del espionaje político y de las apariciones por plasma. Ya iba siendo hora de abandonar esa España de charanga y pandereta, de sotanas y mantillas, de fútbol y toros, de porrazos y mordazas, de ministros cantando “Soy el novio de la muerte” al paso del Cristo legionario.

No obstante, como en todo gobierno del PSOE que se precie, para volar libremente por el vuelo del progresismo primero se requiere de una buena ración de lastre. Por eso, sin apearse del glamour y para despistar al personal, a eso de las ocho de la tarde salieron del bombo ministerial los nombres de Grande-Marlaska y Màxim Huerta, una de cal y otra de arena, aunque tal y como está el país para Cultura mejor hubiera sido llamar a un picador y para Interior a un pocero.

El nombramiento de un ministro astronauta va tan a contrapelo del país como reserva espiritual de occidente que ya la había dado como noticia falsa años atrás El Mundo Today, aunque en la modalidad de Asuntos Exteriores. Aun así, será muy difícil olvidar que padecimos al frente del ministerio de Interior a Zoido en la taberna galáctica d Jabba el Hutt escoltado de cazarrecompensas y, antes de él, a Fernández Díaz en el papel de inquisidor general condecorando tallas de madera. Que en el gobierno esté un ingeniero aeronáutico que además ha trabajado con éxito en el sector privado en lugar de un señor que habla con la Virgen María y tiene al ángel de la guarda de aparcacoches resulta un salto cualitativo espectacular. Sobre todo, cuando lo más lejos que había llegado aquí un ministro era a ponerle un impuesto al sol y un astronauta al desierto de Almería.