Opinion · Punto de Fisión

629 vidas

Nunca he pasado hambre, nunca he estado en un campo de refugiados, nunca he hecho cola durante horas para recoger un tazón de caldo tibio mientras me cubría con una manta mojada. Nunca he navegado en alta mar, de noche, cabalgando el oleaje encima de cuatro tablas, temblando de frío junto a docenas de desesperados, entre gritos de terror y llantos infantiles. Nunca he intentado cruzar el Mediterráneo bajo un sol implacable, cociéndome vivo sobre una patera, sin una gota de agua que llevarme a la boca, perdido en un laberinto de agua, cielo y luz, rezándole a un dios en el que no creo. Nunca he cruzado un desierto, ni mendigado un mendrugo de pan por las carreteras, ni he pasado hambre, ni sed, ni he huido de una ciudad en ruinas, dejando atrás el fragor de los bombardeos.

Nunca he sufrido ni una sola de estas catástrofes, pero me las imagino. La verdad, tengo una imaginación de la hostia, pero tampoco hace falta ser novelista, ni poeta, ni poseer una sensibilidad especial para ponerse un instante en la piel de esa gente que se juega la vida intentando escapar de sus países enloquecidos, de la guerra, del hacha brutal de las fronteras, de las estadísticas. Basta con ser humano, aunque también son seres humanos los canallas que juegan al ajedrez geopolítico con la trágica historia de África y el espanto criminal de Oriente Medio. No son perros ni tigres, ojalá lo fueran. También son seres humanos los pobres desgraciados que piensan que este horror no va con ellos; los que se rigen por el santo principio neoliberal de que cada uno apechugue con lo que le toca; los que prefieren rescatar autopistas en quiebra y cajas de ahorros desvalijadas; los que pagan gustosamente los cuatro millones de euros que Cospedal despilfarró el año pasado en velas y sacristías relacionadas con las Fuerzas Armadas; los que creen que estas 629 criaturas han venido a quitarnos el pan, el trabajo, las pensiones: todos esos cristianos de ir mucho a misa y rezar el rosario a quienes, si Cristo volviera a bajar a la tierra, les escupiría directamente a la cara.

Cuando uno lee comentarios tan asquerosos como los de García Albiol y Yolanda Couceiro, o manifestaciones de euforias tan repugnantes como las del primer ministro italiano y líder de la Liga Norte, Matteo Salvini, después de quitárselos de encima, entonces comprende cómo pudo suceder Treblinka, cómo pudo suceder Majdanek, cómo pudo suceder Auschwitz. No sólo porque un ejército de asesinos se dedicara a cumplir su labor de exterminio sino también, y sobre todo, porque una horda de psicópatas, retrasados morales y cachos de carne con ojos se dedicó a aplaudir la matanza, a celebrarla, o simplemente a ignorarla, a silbar canciones patrióticas, a mirar para otro lado.

No soy de los que llevan la bandera española chapada en la correa del reloj ni la expongo en el balcón, tampoco siento una euforia especial cuando la selección de fútbol gana un Mundial o Nadal trae otro Roland Garros a casa, pero ayer sentí un orgullo íntimo y legítimo cuando me enteré de que Pedro Sánchez había ofrecido el puerto de Valencia para que los 629 huérfanos del Aquarius pudieran encontrar asilo. Da vergüenza que un gesto tan generoso, tan justo y tan humano (también auténticamente cristiano) se convierta en excepción en esta Europa de mierda, esta Europa de mercaderes y banqueros, esta Europa de himnos y tratados comerciales que se halla de nuevo a dos pasos del fascismo. Si Europa es algo más allá de una palabra hueca, de su etimológico mito con toros salidos y mujeres violadas, si Europa pretende defender los derechos humanos que predicó una vez, si quiere encarnar algún día el sueño de don Quijote y el coro final de la Novena Sinfonía, debe empezar con un gesto como el de Pedro Sánchez al tender una mano. Europa será eso o no será nada. Nada.

Lo explican mucho mejor que yo estas fotos terribles de Yannis Behrakis (van a llorar, se lo aseguro) y estos versos de Warsan Shire, una poeta nacida en Kenia de padres refugiados somalíes y afincada en Londres:

Sólo abandonas tu hogar

cuando tu hogar no te permite quedarte.

Nadie deja su hogar

a menos que su hogar le persiga,

fuego bajo los pies

sangre hirviendo en el vientre.

Jamás pensaste en hacer algo así

hasta que sentiste el hierro ardiente

amenazar tu cuello.

Pero incluso entonces cargaste con el himno bajo tu aliento,

rompiste tu pasaporte en los lavabos del aeropuerto,

sollozando mientras cada pedazo de papel te hacía ver

que jamás volverías.

Tienes que entender que nadie sube a sus hijos a una patera

a menos que el agua sea más segura que la tierra.

Nadie abrasa las palmas de sus manos bajo los trenes, bajo los vagones,

nadie pasa días y noches enteras en el estómago de un camión,

alimentándose de hojas de periódico, a menos que

los kilómetros recorridos signifiquen algo más que un simple viaje.

Nadie se arrastra bajo las verjas, nadie quiere recibir los golpes, ni dar lástima.

Nadie escoge los campos de refugiados

o el dolor de que revisten tu cuerpo desnudo.

Nadie elige la prisión, pero la prisión es más segura que una ciudad en llamas,

y un carcelero en la noche es preferible

a un camión cargado de hombres con el aspecto de tu padre.

Nadie podría soportarlo, nadie tendría las agallas,

nadie tendría la piel suficientemente dura.

Los “váyanse a casa, negros”, “refugiados”, “sucios inmigrantes”,

“buscadores de asilo”, “quieren robarnos lo que es nuestro”,

“negros pedigüeños”, “huelen raro”, “salvajes”,

“destrozaron su país y ahora quieren destrozar el nuestro”.

¿Cómo puedes soportar las palabras, las miradas sucias?

Quizás puedas, porque estos golpes son más suaves

que el dolor de un miembro arrancado.

Quizás puedas porque estas palabras son más delicadas

que catorce hombres entre tus piernas.

Quizás porque los insultos son más fáciles de tragar que el escombro,

que los huesos, que tu cuerpo de niña despedazada.

Quiero irme a casa, pero mi casa es la boca de un tiburón.

Mi casa es un barril de pólvora,

y nadie dejaría su casa a menos que su casa lo persiguiera hasta la costa,

a menos que tu casa te dijera que aprietes el paso,

que dejes atrás tus ropas, que te arrastres por el desierto,

que navegues por los océanos,

“Naufraga, sálvate, pasa hambre, suplica, olvida el orgullo,

tu vida es más importante”.

Nadie deja su hogar hasta que su hogar se convierte

en una voz sudorosa en tu oído diciendo:

“Vete, corre lejos de mí ahora.

No sé en qué me he convertido, pero sé

que cualquier lugar es más seguro que éste”.