Opinion · Punto de Fisión

Prisión a la carta

En su viaje sin retorno hacia la modernidad, la monarquía española ha pasado por diversas etapas que van de la campechanía a la abdicación, pasando por Corinna von Wittgenstein, el divorcio descafeinado y la caza de osos borrachos. El rey Juan Carlos fue dejando la realeza poco a poco, de la rodilla a la cadera y del talón de Aquiles a la reina Sofía, hasta que un día la dejó casi del todo, aunque el pueblo español, agradecido, no deja de recordar a su soberano emérito en la efigie de los sellos, en la cara de las monedas de euro, en el nombre de una presitigiosa universidad y en cierto artículo de la Constitución. Entre galardones culturales, portaaviones, hospitales y otras prendas, aquí los borbones no se nos van de la boca. Están por todas partes y, después de visitar los juzgados, el siguiente paso hacia la normalización era el penal.

Puede que no sea un borbón de nacimiento, pero Iñaki Urdangarín ha hecho méritos suficientes para bautizar, si no una prisión completa, al menos un pabellón. El penal de Brieva podría llamarse a partir de ahora “prisión Urdangarín” igual que existen un hospital Infanta Cristina, un hospital Infanta Cristina, un hospital Infanta Leonor, un hospital Infanta Sofía, un hospital Infanta Mercedes y así sucesivamente. Según la nomenclatura borbónica de nuestros centros hospitalarios deberíamos ser el país número uno del mundo en pediatría. Por eso, para la pequeña prisión avilesa, significa todo un honor que el ex duque de Palma -el artista anteriormente conocido como “el duque empalmado”- haya elegido sus modestas instalaciones como residencia durante los próximos meses. Ya se verá si Brieva cumple las expectativas requeridas por un invitado de tanta alcurnia, pues, como explicaron desde Instituciones Penitenciarias la semana pasada, en cualquier momento Urdangarín puede decidir que el lugar no acaba de convencerlo y pediría el traslado a otro alojamiento más acorde con sus necesidades.

La noticia del ingreso en prisión de este insigne yerno real ha despertado una confianza ciega en la justicia española. Ciega, efectivamente, es la palabra. Incluso el recién nombrado ministro de Ciencia, Innovación y Universidades, Pedro Duque, ha declarado que “el sistema judicial funciona”, una frase optimista a tope que resulta casi una metonimia de aquella otra, más poética, que dijo después de su viaje en el Discovery: “En el espacio no se distinguen fronteras”. Es verdad: desde la estratosfera un gitano preso en cualquier zulo de Estremera por robar gallinas resulta prácticamente idéntico a Urdangarín metido en una cárcel de mujeres por desvalijar las arcas públicas. Las diferencias apenas son perceptibles en ese módulo acondicionado para presos especiales que llevaba vacío cuatro años, que ha sido remodelado con un sistema de calefacción y adornado con un pabellón deportivo cuya cubierta también ha sido reparada. Son las ventajas de la perspectiva científica, porque, a mitad de camino de la luna, hasta el rey emérito en su yate podría pasar por un emigrante en patera.

Uno de los más insignes inquilinos de la celda que ahora va a ocupar el marido de la infanta Cristina en Brieva fue Luis Roldán, quien le ha dado unos consejos a su sucesor sobre el frío mañanero, la ayuda que proporciona la lectura de la Biblia y lo importante que resulta tener paciencia y no desesperar. El sistema judicial funciona, sobre todo si eliges prisión a la carta comparando el servicio de habitaciones en Trivago. Del sistema judicial español, como verán, yo no tengo la menor idea, así que tampoco puedo explicarles porque Urdangarín no tiene la obligación de devolver los seis millones de euros sustraídos de diversas instituciones públicas, según constata la sentencia del caso Nóos. Tampoco estoy seguro de si nos va salir más barato mantener su tren de vida a todo trapo en Suiza o en Brieva, pero me da que por ahí le va a andar.